Por Leopoldo R. Jacome
Una institución que invoca derechos humanos no puede humillar a un país, borrar la evidencia y llamar silencio a la rendición de cuentas.
Vi la publicación en LinkedIn. La comenté. Minutos después, ya no estaba.
No hablo de un reenvío de tercera mano ni de una captura sin origen. Hablo de haber visto la publicación en tiempo real, desde la cuenta de ONU México con 313 mil seguidores, la red donde una institución habla, se supone, con más cuidado, no con menos. Ahí estaba, con su gráfico verde, su hashtag #MaldiciónRacista, su código QR, y una fila de logotipos que incluía, entre otros, a UNESCO, COPRED, el Gobierno de la Ciudad de México y hasta la Declaración y Programa de Acción de Durban, el marco internacional que se supone guía la lucha contra el racismo. Comenté. Y la publicación desapareció antes de que nadie en la institución explicara nada.
Eso importa por una razón simple: no se borra lo que nadie vio. Se borra lo que ya generó respuesta y decidieron que la salida más barata era la desaparición, no la explicación.
En la parte superior de la captura original se leía:
“El 66% de los partidos y mundiales de fútbol de 2005-2025 en los que el equipo o su afición lanzaron insultos racistas o discriminatorios no se ganaron.”
Después, el propio texto decía:
“Con UNESCO México y otros socios alertamos de la #MaldiciónRacista.”
La frase central era tan breve como grave:
“Insultaron como nunca, perdieron como siempre.”
La prensa documentó la polémica y la sociedad digital conservó la evidencia.
Pero borrar no es disculparse.
Borrar no es reparar.
Borrar no es asumir.
Borrar no es rendir cuentas.
Borrar, en este caso, fue el segundo agravio.
Porque una institución que dice hablar desde los derechos humanos no puede lanzar una frase de humillación colectiva contra un país y luego esconder la mano. No puede usar una causa legítima, urgente y necesaria, como la lucha contra el racismo y la discriminación, para convertirla en una burla contra millones de personas que acababan de vivir una derrota deportiva, sí, pero también un momento de unidad social pocas veces visto en este país fracturado.
Y conviene decirlo desde el inicio, para que no aparezcan los notarios de la obviedad con su acta de mala fe: este texto no defiende el grito homofóbico. No justifica expresiones racistas. No minimiza la discriminación en el fútbol. No romantiza a la afición como si las masas fueran inocentes por definición, porque tampoco vamos a fingir demencia colectiva con estampita tricolor.
La discriminación existe.
El racismo existe.
La homofobia existe.
El fútbol mexicano carga con heridas culturales que no se borran con goles, playeras ni himnos.
Pero precisamente por eso, una institución de derechos humanos debe estar a la altura de lo que dice defender.
Y ONU México no lo estuvo.
Aquí conviene una precisión, no como matiz cosmético sino como condición misma de esta crítica: cuando este texto dice "ONU México", se refiere a la cuenta y comunicación difundida públicamente bajo ese nombre en LinkedIn, con independencia de qué persona específica dentro de la oficina redactó, diseñó o autorizó el mensaje. La responsabilidad que aquí se exige no es la de un becario anónimo detrás de una laptop. Es la de una estructura que decidió hablar con ese nombre, ante ese público, y que por lo tanto responde con ese nombre.
La noche de México contra Inglaterra no fue solo fútbol. Fue una escena social rara. Una interrupción breve de la guerra cotidiana. En esos días, México vivió una euforia mundialista que atravesó calles, estadios, plazas y generaciones; El País describió ese ambiente como una ola de felicidad colectiva que alcanzó Paseo de la Reforma, Garibaldi, el Azteca y distintos espacios del país.
En las calles no se veían solamente etiquetas, clases, códigos postales, trincheras políticas, credenciales morales o banderas identitarias administradas como pequeños altares de pertenencia.
Se veía México.
Así, simple.
Casi antiguo.
Casi imposible.
Por unas horas, este país dejó de parecer una colección de fracturas administradas. Hubo familias, trabajadores, jóvenes, niñas, niños, adultos, vecinos, desconocidos, vendedores, personas que no tenían nada en común salvo una ilusión. Y en un país donde la desigualdad organiza hasta la forma de mirar al otro, eso no es poca cosa.
Fue tan inclusivo que no necesitó anunciarse como inclusivo.
Esa es la parte que muchos burócratas de la virtud no entienden. La inclusión más profunda no siempre llega con logo, campaña, hashtag, manual, comité, consultoría y tres rondas de validación institucional. A veces ocurre cuando la gente simplemente puede estar junta sin pedirle credenciales morales al de al lado.
No era inclusión de folleto.
No era inclusión para informe anual.
No era inclusión de foto con marco institucional.
Era una inclusión viva, espontánea, imperfecta, popular.
Y justo ahí, cuando México venía de una emoción compartida, ONU México decidió aparecer no para cuidar la conversación, sino para patearla.
“Insultaron como nunca, perdieron como siempre.”
Esa frase no educa.
Esa frase no interpela.
Esa frase no transforma.
Esa frase humilla.
Y la humillación no es pedagogía antidiscriminatoria. La humillación es poder hablando desde arriba. Es el recurso de quien ya no quiere convencer, sino someter. Es el lenguaje del castigo moral disfrazado de conciencia social.
La propia ONU ha señalado que el discurso de odio socava la cohesión social y puede sentar bases para la violencia. UNESCO también advierte que el discurso de odio ataca la inclusión, la diversidad y los derechos humanos, además de erosionar valores comunes.
Entonces la pregunta no es menor: ¿qué hace una institución que dice combatir el odio usando una frase diseñada para alimentar desprecio colectivo?
Porque no estamos hablando de una cuenta meme.
No estamos hablando de un usuario descubriendo el sarcasmo como quien descubre fuego y luego incendia la sala.
Estamos hablando de ONU México.
Una institución con autoridad simbólica, legitimidad pública y un mandato asociado a la dignidad humana. Una institución que debería saber que el lenguaje institucional no es cualquier lenguaje. Cuando habla una cuenta oficial, no habla “una opinión”. Habla una estructura. Habla una marca moral con peso político.
Y cuando esa estructura usa una derrota nacional para decir “perdieron como siempre”, no está combatiendo la discriminación.
Está produciendo escarnio.
Hay una diferencia ética elemental entre decir:
“México debe erradicar las expresiones discriminatorias en sus estadios.”
y decir:
“Insultaron como nunca, perdieron como siempre.”
La primera frase abre una conversación difícil.
La segunda enciende una hoguera.
La primera exige responsabilidad.
La segunda reparte desprecio.
La primera puede convocar a una transformación cultural.
La segunda convierte una causa legítima en látigo.
Y eso es precisamente lo más grave: una lucha necesaria quedó contaminada por soberbia institucional.
Sí, hay que combatir el racismo.
Sí, hay que combatir la homofobia.
Sí, hay que desmontar la violencia verbal normalizada en los estadios.
Pero no desde la burla.
No desde el castigo simbólico.
No desde esa superioridad moral tan autocomplaciente, tan de escritorio, tan de institución que sermonea al pueblo con una mano mientras con la otra calcula riesgos reputacionales.
El problema no fue solamente la frase.
Fue la firma simbólica que la acompañó.
La captura muestra una comunicación difundida desde una cuenta identificada como ONU México, acompañada de referencias a UNESCO México y “otros socios”, además de logotipos de instituciones públicas y organizaciones vinculadas a la campaña. Si alguna de esas instituciones no autorizó el uso de su imagen o no aprobó el mensaje, entonces la obligación de aclarar públicamente es todavía mayor. Pero si lo autorizó, la responsabilidad ética es directa.
En cualquiera de los dos escenarios, el silencio no alcanza.
La hipocresía institucional aparece ahí: en la selectividad del filo.
Para una afición dolida, hubo frase.
Para un país herido, hubo burla.
Para un momento popular de unidad, hubo intervención moralizante.
Pero frente a otras violencias, frente a las que sí perturban al poder real, el tono institucional suele volverse lento, técnico, prudente, casi anestesiado.
Ahí estuvieron las madres buscadoras agredidas antes del partido México-Ecuador en las inmediaciones del Estadio Azteca. Como documentó la prensa, las familias que buscaban a los suyos enfrentaron agresiones policiales en Tlalpan, recibiendo apenas promesas burocráticas de investigación mientras exigían justicia real y mayores responsabilidades.
Ahí estaba una causa de derechos humanos real, urgente, sangrante.
Ahí estaba el país de las fosas.
Ahí estaban las madres caminando donde el Estado no busca.
Ahí estaban las familias cargando palas porque las instituciones cargan excusas.
Pero para eso no hubo frase lapidaria.
No hubo diseño viral.
No hubo campaña con veneno.
No hubo ese tono de “aquí estamos para confrontar al poder”.
Qué curiosa valentía la de algunas instituciones: prudentes frente al poder, feroces frente al pueblo.
También estuvo la Contramarcha LGBT+, que no fue una negación de la diversidad, sino una expresión política de la diversidad. Una marcha contra la mercantilización del Pride, contra la domesticación institucional de la lucha, contra esa inclusión de aparador que sirve para pintar logos en junio y mirar a otro lado cuando la protesta deja de ser dócil. El Sol de México reportó que la Contramarcha llegó a Gobernación pese a bloqueo policial, en una movilización que partió desde Plaza Palestina Libre y criticó la despolitización y mercantilización del Pride.
¿Dónde estuvo ahí la misma furia institucional?
¿Dónde estuvo la frase incisiva?
¿Dónde estuvo el diseño moral?
¿Dónde estuvo la ONU México diciendo que no se puede hablar de diversidad mientras se bloquea a quienes la encarnan políticamente en la calle?
No apareció con ese filo.
No apareció con esa velocidad.
No apareció con esa necesidad de sermonear.
Porque una cosa es celebrar la diversidad cuando cabe en un banner, y otra muy distinta es defenderla cuando se vuelve protesta, cuerpo, rabia, consigna y exigencia.
La primera sirve para campañas.
La segunda desafía a los gobiernos.
Y ya sabemos qué tipo de fricción prefieren algunas instituciones: la que no les cuesta nada.
Y luego están Palestina y Líbano.
Nombres que no caben en una publicación simpática. Nombres que pesan. Nombres que obligan.
En Gaza hay operaciones militares. Hay desplazamiento forzado. Hay población civil sin acceso a lo esencial. Eso no lo digo yo. Lo reporta la propia oficina humanitaria de Naciones Unidas.
En Líbano, más de 131,000 personas seguían en albergues colectivos al 15 de junio de 2026, según cifras de OCHA. No son cifras de una ONG improvisada. Son cifras del sistema de organismos internacionales al que pertenece ONU México.
Ahí no hubo frase.
Ahí hubo protocolo.
Ahí el lenguaje se volvió técnico. Cuidadoso. Medido palabra por palabra, como si cada verbo pudiera detonar algo.
Se habla de "afectaciones". No de horror.
Se habla de "limitaciones de acceso". No de hambre.
Se habla de "personas desplazadas". No de gente que perdió su casa dos veces en el mismo año.
Es el lenguaje correcto, técnicamente. Es también el lenguaje que nunca humilla a nadie con poder de represalia.
Comparen eso con "insultaron como nunca, perdieron como siempre."
Ese sarcasmo no lo usaron con quienes bombardean.
Lo usaron con la afición de un país que acababa de perder un partido de futbol.
Ahí está medida la valentía real de una institución: no en lo que se atreve a decir sobre el poder que puede dañarla, sino en lo que se permite decir sobre el pueblo que no puede responderle.
Ahí sí hubo burla.
Ahí sí hubo frase.
Ahí sí hubo moralina.
Ahí sí hubo ganas de quedar por encima.
Esa es la hipocresía.
No está en condenar la discriminación. Condenar la discriminación es correcto, necesario y urgente.
La hipocresía está en escoger cuándo ser feroz y cuándo ser diplomático.
La hipocresía está en usar lenguaje de derechos humanos contra la gente común, pero lenguaje de terciopelo frente al poder.
La hipocresía está en hablar de dignidad mientras se humilla.
La hipocresía está en pedir inclusión mientras se desprecia un momento de unidad popular.
La hipocresía está en borrar una publicación sin pedir disculpas, como si el problema hubiera sido la reacción pública y no la violencia simbólica del mensaje.
México no fue perfecto.
México nunca lo es.
Pero México fue más grande que esa publicación.
Fue más grande que el grito que debe erradicarse.
Fue más grande que el marcador.
Fue más grande que la derrota.
Fue más grande que la mirada estrecha de una institución que solo supo ver una oportunidad para sentirse moralmente superior.
Durante este Mundial, México no fue solamente una sede. México fue casa. Fue calle abierta. Fue mesa extendida. Fue barrio, estadio, metro, plaza, restaurante, puesto, acento, bandera, grito y abrazo. Fue ese país contradictorio que puede estar roto por dentro y, aun así, recibir al mundo como si tuviera el corazón intacto.
Porque eso también ocurrió.
México recibió al mundo.
Y lo recibió bien.
No como quien cumple un protocolo de hospitalidad para salir bonito en la foto. Lo recibió como México sabe hacerlo cuando se acuerda de sí mismo: con ruido, comida, exceso, ternura desordenada y esa capacidad casi absurda de hacer sentir en casa a quien acaba de llegar.
Vinieron extranjeros y encontraron algo que no cabe en los informes técnicos ni en los comunicados con lenguaje refrigerado: encontraron gente. Encontraron un país dispuesto a abrirse. Encontraron calles donde el idioma no fue obstáculo, porque aquí hasta las señas vienen con sobremesa.
Eso tampoco se publicó.
Eso tampoco mereció frase.
Eso tampoco mereció campaña.
Claro, reconocer lo bueno de un pueblo no da el mismo placer que regañarlo. Qué tragedia para algunos escritorios: México no siempre es la caricatura conveniente que necesitan para justificar su superioridad moral.
Por primera vez en mucho tiempo, el país empezó a sentirse unido.
No unido en la fantasía barata del nacionalismo de cartón.
No unido porque desaparecieron sus violencias.
No unido porque se resolvieron sus desigualdades, sus desapariciones, sus racismos, sus clasismos, sus dolores.
Unido de una forma más frágil, más humana y por eso más valiosa.
Unido por una ilusión.
Unido por una emoción común.
Unido porque, durante unas horas, ya no importó tanto de dónde venías, cuánto ganabas, a quién amabas, qué pensabas, qué etiqueta cargabas o en qué trinchera te habían colocado.
Importó algo más simple, más antiguo, más elemental:
éramos mexicanos.
Y eso bastó.
Bastó para cantar juntos.
Bastó para salir a la calle.
Bastó para mirar el mismo partido.
Bastó para sentir que este país, tan acostumbrado a partirse en pedazos, todavía podía reconocerse en una misma emoción.
Lo increíble no fue que México quisiera ganar.
Lo increíble fue que México, por un momento, dejó de mirarse como enemigo de sí mismo.
Eso es lo que ONU México no entendió.
O fingió no entender, que es más grave, porque ahí ya no hablamos de torpeza sino de soberbia.
Mientras la gente estaba viviendo un momento raro de unidad nacional, ellos decidieron reducirlo todo a una frase de castigo. Tomaron una emoción colectiva y la convirtieron en expediente moral. Vieron un país reunido y prefirieron hablarle como si fuera una masa inferior. Vieron una nación que, con todas sus contradicciones, estaba recibiendo al mundo y eligieron recordarle su peor cara con tono de burla.
Porque sí: hubo cosas asquerosas.
Hubo expresiones que no pueden defenderse.
Hubo gritos, conductas y escenas que deben señalarse.
Pero también hubo algo que una institución seria tendría que haber reconocido: cuando esas cosas ocurrieron, buena parte del país reaccionó bien.
No salió una defensa nacional del odio.
No hubo una celebración unánime de la discriminación.
No hubo un “así somos y qué”.
Hubo rechazo.
Hubo discusión.
Hubo vergüenza.
Hubo personas diciendo: eso no nos representa.
Hubo una sociedad que, con todas sus limitaciones, empezó a demostrar que también puede corregirse.
¿Eso no importa?
¿Eso no cuenta?
¿Solo importa México cuando sirve para exhibirlo?
¿Solo existe el pueblo cuando puede ser regañado?
ONU México pudo haber dicho:
México recibió al mundo con generosidad, pero todavía debe erradicar expresiones discriminatorias en sus estadios.
Pudo haber dicho:
La hospitalidad de un país no puede convivir con gritos que excluyen.
Pudo haber dicho:
Este Mundial mostró lo mejor de México, pero también recordó las violencias que aún debemos transformar.
Pudo haber hecho pedagogía.
Pudo haber usado altura.
Pudo haber reconocido la complejidad.
Pudo haber hablado como una institución de derechos humanos.
Pero eligió la frase fácil.
Eligió la burla.
Eligió el castigo.
Eligió escupir desde el balcón institucional sobre un país que, por unos días, había logrado algo que muchas campañas de inclusión no logran: juntar a personas distintas sin obligarlas a presentarse primero como etiquetas.
Porque esa fue la verdadera inclusión.
La que no necesitó presentación.
La que no llegó con gafete.
La que no pidió permiso a ningún manual.
La que no necesitó que alguien explicara, desde una oficina, cómo se siente pertenecer.
México perteneció.
México fue uno.
México recibió.
México cuidó.
México celebró.
México también se equivocó.
Y cuando se equivocó, muchas voces dentro del propio país reaccionaron con más dignidad que la institución que decidió burlarse.
Eso es lo obsceno.
No que se señalara la discriminación.
Lo obsceno es que se ignorara todo lo demás.
Lo obsceno es que una institución internacional haya preferido convertir a México en ejemplo de castigo, no en una sociedad viva, contradictoria, capaz de celebrar, fallar, corregir y seguir caminando.
Lo obsceno es que no publicaran la grandeza cotidiana de la gente que recibió al mundo.
No publicaron al mexicano que orientó a un extranjero perdido.
No publicaron al vendedor que hizo espacio para que alguien viera el partido.
No publicaron a las familias mezcladas en la calle.
No publicaron a los desconocidos abrazándose por un gol.
No publicaron a quienes rechazaron las conductas discriminatorias.
No publicaron al país que, por una vez, no necesitó dividirse para existir.
Publicaron la burla.
Porque la burla era más rentable.
Porque el regaño era más seguro.
Porque el desprecio, cuando viene envuelto en lenguaje de derechos humanos, todavía les parece sofisticado.
Y no lo es.
Es desprecio con logotipo.
Bajen del balcón…
Salgan a la calle, ONU México. Tantos cocteles, recepciones, foros, fotografías institucionales y discursos cuidadosamente servidos en copas de cristal no les han ayudado a mirar la realidad de este país. Desde el circuito diplomático todo puede parecer ordenado, correcto, administrable; pero México no cabe en una terraza, ni en una mesa de honor, ni en una campaña diseñada para sentirse moralmente superior.
Porque los derechos humanos no son propiedad de los organismos internacionales. No nacen en los cocteles, no se legitiman en las recepciones, no se administran desde salones con traducción simultánea ni se vuelven verdad porque alguien les puso un logotipo azul. Los derechos humanos nacen abajo: en la madre que busca, en la persona despedida, en la mujer violentada, en la disidencia bloqueada, en el migrante perseguido, en el trabajador humillado, en el pueblo que sobrevive a pesar de las instituciones que dicen representarlo. ONU México debería recordarlo: ustedes no inventaron la dignidad humana. Apenas tienen el mandato de protegerla. Y cuando ese mandato se usa para burlarse de un país, lo que se rompe no es la reputación de una cuenta; se rompe la confianza mínima en quienes dicen hablar por los derechos de todos.
ONU México debe disculparse.
No aclarar.
No matizar.
No esconderse detrás de una fórmula tibia redactada por alguien que confunde responsabilidad con control de daños.
Disculparse.
Públicamente.
Con nombre institucional.
Con claridad.
Con la misma visibilidad con la que publicó la burla.
Porque una publicación institucional que humilla a un país no se repara borrándola. Se repara asumiendo el daño. Y hasta ahora, lo único documentado es la decisión de borrar ante la polémica, sin una rendición de cuentas proporcional al agravio.
Una disculpa pública no es un favor.
Es una obligación ética.
El problema no fue solo el contenido. Fue el lugar desde donde se emitió. Una cuenta institucional no habla como cualquier persona. Habla con autoridad, con peso simbólico, con legitimidad pública. Habla desde una estructura que se supone comprometida con la dignidad humana. Por eso, cuando esa estructura se equivoca, no puede esconderse en el silencio.
La dignidad humana no se invoca para regañar al pueblo y luego se abandona cuando toca rendir cuentas.
ONU México debe reconocer que la frase fue ofensiva, provocadora e impropia de una institución dedicada a promover derechos humanos. Debe reconocer que el mensaje convirtió una causa legítima, la lucha contra la discriminación, en un acto de escarnio colectivo. Debe reconocer que eligió un lenguaje de humillación en un momento en el que México venía de vivir una unidad social poco común.
Y debe reconocer algo más grave: que borrar sin explicar no repara.
Solo administra la vergüenza.
Una disculpa real tendría que decir, sin rodeos:
Nos equivocamos.
La publicación no estuvo a la altura del mandato institucional.
El combate a la discriminación no justifica humillar a una sociedad.
La defensa de los derechos humanos exige firmeza, pero también respeto.
Retirar una publicación sin explicación fue insuficiente.
Ofrecemos una disculpa pública a las personas que se sintieron agraviadas.
Eso sería lo mínimo.
No una de esas disculpas cobardes que dicen “lamentamos que algunas personas se hayan sentido ofendidas”, esa joya de la evasión corporativa que ya debería estar tipificada como delito contra el lenguaje.
Esa frase no es una disculpa.
Es una forma sofisticada de culpar al receptor por haber entendido demasiado bien.
La disculpa no debe decir: “lamentamos la interpretación”.
Debe decir: “lamentamos haber publicado eso”.
No debe decir: “nuestro mensaje fue sacado de contexto”.
Debe decir: “nuestro mensaje fue incorrecto”.
No debe decir: “reiteramos nuestro compromiso”.
Debe decir: “fallamos en nuestro compromiso”.
Porque ahí está la diferencia entre una institución seria y una oficina que solo sabe cuidar reputación.
Además, ONU México debe explicar quién autorizó la publicación. Debe aclarar si el contenido fue aprobado por su equipo de comunicación. Debe informar si las instituciones cuyos logotipos aparecen en la pieza autorizaron su uso. Debe decir por qué fue retirada. Debe transparentar si hubo evaluación posterior del daño. Debe comprometerse a revisar sus criterios de comunicación para que una campaña contra la discriminación no vuelva a convertirse en una pieza de provocación institucional.
La lucha contra el racismo y la homofobia no necesita burlas.
Necesita inteligencia.
Necesita pedagogía.
Necesita estrategia.
Necesita firmeza.
Necesita altura.
Lo que no necesita es una institución usando el dolor deportivo de un país como plataforma para sentirse moralmente superior.
Y menos cuando esa misma institución no muestra la misma contundencia frente a heridas más graves: madres buscadoras, represión policial, violencia contra luchas disidentes, Palestina, Líbano, desapariciones, desigualdad e impunidad.
Ahí, curiosamente, el lenguaje se vuelve prudente.
Ahí sí aparecen los matices.
Ahí sí pesan los equilibrios.
Ahí sí se mide cada palabra como si el diccionario fuera material explosivo.
Pero para humillar a México, no hubo cautela.
Para eso sí hubo frase.
Para eso sí hubo diseño.
Para eso sí hubo campaña.
Para disculparse, silencio.
No se equivoquen: el problema no es que ONU México haya agraviado a la afición. El problema es que no desafió al poder con la misma fuerza. El problema es que eligió el camino más fácil: sermonear al pueblo, no enfrentar las estructuras.
Y cuando una institución es valiente hacia abajo y prudente hacia arriba, no está defendiendo derechos humanos. Está administrando jerarquías con vocabulario de justicia.
Este espacio queda abierto al derecho de réplica. Si hay explicación, que se haga pública. Si hubo error, que se reconozca. Si hubo uso indebido de imagen institucional, que se aclare. Lo que no puede aceptarse es que una pieza institucional humille a un país, desaparezca del feed y pretenda que la memoria pública también fue eliminada.
Nota editorial: Este texto critica una publicación difundida desde la cuenta institucional de ONU México en LinkedIn, vista y comentada en tiempo real por quien escribe. La crítica se dirige a la comunicación institucional y queda abierta al derecho de réplica de ONU México y de las instituciones cuyos logotipos aparecieron en la pieza.
Fuente original: LinkedIn.