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Celebrar la abogacía sin revisar sus silencios, las cuentas pendientes de la profesión


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Celebrar la abogacía sin revisar sus silencios, las cuentas pendientes de la profesión
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Por Leopoldo R. Jacome

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Celebrar la abogacía sin revisar sus silencios: las cuentas pendientes de la profesión

Cada Día del Abogado me ocurre algo extraño.

Agradezco las felicitaciones, reconozco el esfuerzo que implica ejercer esta profesión y comprendo el orgullo de quienes encontraron en el derecho una vocación. Yo también la encontré.

Pero nunca consigo celebrar del todo.

No porque reniegue de ser abogado. El derecho ha marcado mi vida, mi manera de pensar y la forma en que entiendo el poder. Me ha permitido defender, confrontar, construir argumentos y acompañar a personas en momentos donde una firma, una denuncia o una resolución pueden cambiarlo todo.

Precisamente por eso me cuesta brindar sin hacerme preguntas.

La práctica profesional me ha llevado a lugares donde las palabras dejan de ser discurso y se convierten en consecuencias reales. Una cláusula puede terminar una relación laboral; una acusación altera una vida antes de que exista sentencia, y a veces basta un tecnicismo para cerrar la puerta a quien llevaba años buscando justicia. Una resolución puede devolver algo de dignidad o terminar de arrancarla.

También he visto abogados utilizar todo lo que saben para impedir que el poder responda por lo que hace.

La ley ha protegido a personas que parecían estar solas, pero también se ha convertido en una maquinaria fría capaz de destruir una vida mediante procedimientos impecables.

Un expediente puede contener la historia entera de alguien y reducirla, al mismo tiempo, a un número de folio. Una empresa puede cumplir formalmente cada requisito mientras humilla a sus trabajadores. Una institución puede pronunciar la palabra dignidad en todos sus comunicados y negarla en cada una de sus decisiones.

El derecho puede ser refugio.

También puede ser arma.

Quienes ejercemos la abogacía decidimos todos los días cuál de esas funciones estamos alimentando.

La ley también sabe obedecer

Durante años nos enseñaron que el abogado debía ser neutral.

La neutralidad sonaba profesional, prudente, casi científica. Parecía colocarnos por encima del conflicto, lejos de las emociones y a salvo de las consecuencias humanas de nuestras decisiones.

Con el tiempo entendí que esa neutralidad era, muchas veces, una ficción conveniente.

Cuando existe una relación desigual de poder, permanecer al margen rara vez significa ser imparcial. Casi siempre significa conservar intacta la ventaja de quien ya domina la situación.

No existe neutralidad en quien redacta un contrato abusivo, diseña un despido para que parezca renuncia o utiliza el procedimiento penal para intimidar. La posición ya fue tomada, aunque después se esconda detrás de sellos, formalidades y tecnicismos.

La ley no actúa sola. Requiere manos que la interpreten, voces que la argumenten y autoridades que la apliquen.

Detrás de cada abuso jurídicamente sofisticado suele existir alguien que encontró la forma de hacerlo parecer correcto.

Esa también es parte de nuestra historia profesional.

La abogacía no solo ha defendido derechos. También ha construido coartadas para el poder, diseñado mecanismos de exclusión y perfeccionado procedimientos donde la injusticia puede avanzar sin violar aparentemente ninguna regla.

La ley sabe proteger, pero cuando quien la interpreta decide arrodillarla, también aprende a obedecer.

Los silencios que construyen impunidad

La profesión presume las victorias que obtiene. Habla mucho menos de las injusticias que ayuda a conservar.

Callamos cuando el cliente tiene poder suficiente para que el silencio salga barato. La confidencialidad, pensada para proteger, se convierte en excusa para no reconocer límites éticos. A las prácticas diseñadas para agotar económicamente a la contraparte las llamamos estrategia, y al sufrimiento de una persona lo reducimos a un riesgo reputacional que hay que gestionar. Incluso los protocolos, documentos que deberían existir para proteger a quien fue dañado, terminan redactados primero para la institución y después, quizá, para la víctima.

Nos indignan los grandes escándalos, pero toleramos la violencia cotidiana cuando llega vestida de política interna, cláusula contractual o instrucción corporativa.

La abogacía ha perfeccionado un lenguaje capaz de ocultar el daño sin negar que ocurrió.

El despido se presenta como reestructura. El hostigamiento se rebautiza conflicto interpersonal. La discriminación se explica como falta de adaptación. La persecución se archiva bajo el nombre de investigación interna.

Hasta la impunidad puede disfrazarse de debido proceso cuando el procedimiento fue diseñado para no llegar jamás a una consecuencia.

No siempre mentimos.

A veces hacemos algo más sofisticado y peligroso. Elegimos las palabras necesarias para que la verdad pierda fuerza, hasta que el abuso parece una diferencia de criterios y la víctima termina defendiendo incluso el derecho a nombrar lo que vivió.

El lenguaje jurídico puede aclarar lo ocurrido o cubrirlo con la niebla que el poder necesita para mantenerlo fuera de la vista.

La técnica no absuelve

Conocer la ley no convierte automáticamente a nadie en defensor de la justicia.

Un abogado puede dominar códigos, precedentes, tratados y procedimientos, y utilizar todo ese conocimiento para proteger la arbitrariedad. La preparación técnica amplifica nuestras capacidades, pero no decide hacia dónde las dirigimos.

Por eso la ética no es una asignatura decorativa ni una palabra destinada a discursos de graduación. Es el límite que impide que la inteligencia jurídica se transforme en una herramienta de sometimiento.

Hay asuntos que pueden ganarse y, aun así, no deberían defenderse de cualquier manera.

Algunas estrategias producen resultados, pero degradan a quien las ejecuta. También existen clientes a quienes debe explicárseles que el derecho no concede permiso para aplastar a otra persona solo porque hay una cláusula favorable, una laguna normativa o suficiente presupuesto para litigar durante años.

Decirle que no al poder también forma parte de esta profesión, aunque facture menos, cierre puertas o resulte más sencillo callar, ejecutar la instrucción y enviar la cuenta de honorarios.

En materia laboral y penal lo he visto de cerca: un despido formalmente fundamentado y una acusación técnicamente impecable pueden causar un daño tan profundo como un abuso evidente. La diferencia es que llegan firmados, sellados y casi siempre blindados.

La técnica puede explicar cómo hacer algo.

El criterio moral debe decidir si debemos hacerlo.

Nuestra deuda con quienes llegan al derecho buscando auxilio

Para muchas personas, acudir con un abogado no es una decisión empresarial. Es el último recurso.

Llegan después de perder el empleo, sufrir violencia, recibir una amenaza, ser acusadas injustamente o descubrir que la institución encargada de protegerlas decidió cuidar su propia imagen.

En ese momento no entregan únicamente documentos.

Ponen sobre el escritorio miedo, vergüenza, incertidumbre y una parte de su historia.

La manera en que recibimos esa confianza importa.

Podemos explicar sin humillar, hablar con claridad sin convertir la ignorancia jurídica en motivo de desprecio, y recordar que detrás de cada asunto hay una persona que seguirá viviendo con las consecuencias mucho después de que nosotros hayamos archivado el expediente.

La calidad profesional también se mide por lo que no aparece en una sentencia: la llamada que sí contestamos, la verdad que dijimos aunque no fuera la que el cliente quería escuchar, la estrategia que rechazamos porque cruzaba una línea, la persona a quien no prometimos una victoria imposible solo para cobrar un anticipo.

Nada de eso entrega medallas ni suele aparecer en las fotografías del Día del Abogado. Ahí, sin embargo, comienza la dignidad profesional.

La profesión que todavía podemos construir

No creo que la abogacía esté condenada, pero tampoco cambiará por inercia.

He conocido colegas capaces de estudiar durante horas, confrontar instituciones y asumir costos para abrir caminos donde el derecho parecía haber levantado un muro. También veo generaciones jóvenes menos dispuestas a aceptar que la jerarquía justifique el maltrato, que el prestigio excuse la soberbia o que ganar sea el único criterio para valorar una defensa.

Una profesión cambia cuando deja de premiar sus peores costumbres.

Necesitamos abogados conscientes del poder que administran. Cada escrito, audiencia y decisión altera la vida de alguien y participa en la distribución del poder.

El derecho puede proteger a las personas o mantenerlas en el lugar que otros les asignaron. La diferencia no está únicamente en la ley, sino en las manos de quien la utiliza.

Las cuentas siguen abiertas

Reconozco a quienes ejercen esta profesión con responsabilidad, estudio y conciencia.

Admiro a quienes se niegan a convertir el conocimiento en arrogancia y comprenden que representar a alguien no exige renunciar al criterio propio.

Pero no quiero una celebración que borre nuestras omisiones.

La abogacía tiene cuentas pendientes con las víctimas a quienes no creyó, con los trabajadores que redujo a costos, con quienes permanecieron años esperando justicia y con las personas aplastadas por procedimientos diseñados para agotarlas.

También mantiene una deuda consigo misma. Durante demasiado tiempo confundimos prestigio con poder, prudencia con silencio y eficacia con obediencia. Nos acostumbramos a creer que la responsabilidad terminaba cuando el escrito estaba bien fundamentado, la audiencia concluía o el cliente obtenía el resultado esperado.

No termina ahí. Toda intervención jurídica deja una marca, cada estrategia altera una relación de poder y hasta el silencio produce consecuencias.

El Día del Abogado no debería servir únicamente para felicitarnos. Tendría que obligarnos a revisar para quién trabajamos, qué prácticas hemos normalizado y cuántas veces utilizamos la ley para impedir que la justicia ocurriera.

Celebrar la abogacía sin revisar sus silencios no honra a la profesión.

La protege de la verdad.

Y una abogacía que necesita protegerse de la verdad termina protegiendo al poder.

Las cuentas siguen abiertas.

La pregunta ya no es cuánto derecho conocemos.

La pregunta es qué hacemos con él cuando nadie nos obliga a ser justos.

Articulo Disponible en Substack: https://open.substack.com/pub/leopoldorjacome/p/celebrar-la-abogacia-sin-revisar


Fuente original: LinkedIn.

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Leopoldo R. Jacome
Fundador y Litigante Estratégico
Fundador y autor de Artículo 0 Media. Litigante estratégico y defensor de derechos humanos. Su trabajo editorial se concentra en justicia, poder, relaciones laborales, derechos humanos y violencias estructurales.
ORCID: 0009-0008-8422-921X Artículo 0 Media / Litigio Estratégico