Por Leopoldo R. Jacome
Parece que se me olvidó otra vez.
Así que hoy necesito recordármelo despacio, sin hacer de esto una escena heroica, sin convertir el dolor en estatua, sin adornarlo demasiado, porque hay cansancios que no necesitan flores… necesitan verdad.
Lo logré.
Atravesé cosas que pensé que iban a romperme. No de esas que se cuentan fácil. No de esas que caben en una anécdota heroica. Hablo de esas otras, las que no tienen testigos, las que no se publican, las que te cambian la forma de mirar, de dormir, de confiar, de esperar.
Me quedé en salas donde nadie notó mi dolor.
Estuve presente cuando por dentro estaba lejos. Contesté mensajes. Cumplí pendientes. Llegué a tiempo. Sonreí con una sonrisa que no era mentira, pero tampoco era descanso. Una sonrisa aprendida, casi automática, puesta ahí para no preocupar, para no convertirme en una carga para los demás.
Qué extraño eso de ser fuerte.
A veces no se parece a levantar la voz. A veces se parece más a no llorar en público. A veces se parece a llegar a casa, cerrar la puerta y quitarse el rostro que uno usó todo el día para que nadie preguntara demasiado.
He sobrevivido días que pensé que jamás iba a sobrevivir.
Noches en las que mi mente no se detenía. Noches donde el pensamiento corría sin freno, como si algo dentro de mí hubiera confundido la ansiedad con una forma de vigilancia. Momentos que se sintieron demasiado. Demasiado grandes. Demasiado solos. Demasiado injustos… Demasiado humanos.
Y aun así, aquí estoy.
No intacto. No invencible. No siempre bien…
Pero aquí.
Y eso también cuenta.
He sido fuerte durante tanto tiempo que empecé a creer que no necesitaba a nadie. Como si pedir compañía fuera una derrota. Como si descansar fuera negligencia. Como si dejar caer el peso por un momento significara que todo lo construido iba a venirseme abajo.
Pero no.
Descansar no borra mi camino. Pedir ayuda no cancela mi dignidad. No poder con todo no me vuelve débil.
Me vuelve persona.
Y aunque este mundo tenga una obsesión absurda por convertirnos en máquinas útiles, productivas, sonrientes y emocionalmente impecables, yo no nací para funcionar como electrodoméstico con trauma.
Nací para vivir.
Para sentir. Para cansarme. Para equivocarme. Para volver. Para detenerme antes de desaparecer dentro de mis propias exigencias.
Se me ha olvidado lo lejos que he llegado porque he estado demasiado ocupado sobreviviendo. He mirado tanto lo que aún falta, que casi no he tenido tiempo de mirar lo que ya crucé.
Pero hay una versión de mí, una versión de hace años, de meses, incluso de ayer, que no podría creer que sigo aquí.
Que sigo intentandolo.
Que sigo cuidando algo dentro de mí, incluso cuando he descuidado casi todo de mi.
Y sí, tal vez me he prendido fuego más de una vez para mantener a otros acogidos. Tal vez di calor cuando yo también tenía frío. Tal vez acompañé a personas mientras yo mismo esperaba que alguien notara que también necesitaba una mano.
Y pocas veces se habla del agotamiento por empatía.
De lo cansado que puede ser intentar comprenderlo todo. Comprender el dolor ajeno, la herida ajena, la torpeza ajena, la injusticia ajena. Comprender incluso a quienes no tuvieron cuidado con nosotros. Comprender tanto, durante tanto tiempo, que un día el cuerpo empieza a pedir silencio.
Mi agotamiento por compasión no es falta de amor.
Es ese fuego intenso que arde después de haber sentido demasiado. Después de haber escuchado en demasiadas historias. Después de haber querido mirar a los demás con humanidad, incluso cuando yo también necesitaba que alguien me mirase así.
Porque a veces no me cansé de las personas.
Me cansé de intentar entenderlas mientras me olvidaba de mí.
Eso no me hace tonto.
Me hace alguien que amó con las herramientas que tenía.
Pero ahora toca aprender otra cosa… no tengo que incendiarme para ser su luz.
No tengo que partirme para demostrar pasión. No tengo que desaparecer para que otros estén frescos. No tengo que pagar con mi cuerpo, mi calma o mi vida emocional.
Hay una valentía que no hace ruido.
La valentía de quedarse. La valentía de volver a empezar. La valentía de decir “hoy no puedo”. La valentía de dejar de fingir que nada duele. La valentía de admitir que incluso los fuertes necesitan un lugar donde descansar la cabeza.
A veces, en ese tren solitario en el que viajo cuando tengo miedo, me recuerdo algo sencillo…
Cada cosa buena que he hecho en mi vida llegó después de decidir ser valiente.
No después de estar seguro. No después de tener todo resuelto. No después de sentirme listo.
Después de decidir ser valiente.
Y tal vez de eso se trata esta Orilla.
No de llegar perfecto. No de llegar sin heridas. No de llegar con una historia limpia, ordenada y presentable para que los demás la aplaudan.
Se trata de llegar.
De mirar el agua detrás de mí y entender que sí, hubo tormenta. Hubo noche. Hubo miedo. Hubo cansancio. Hubo momentos en los que pensé que no iba a poder.
Pero pude.
Y si nadie me lo ha dicho últimamente, déjame decírmelo aquí, aunque quizá también alguien más necesitaba escucharlo…
Estoy orgulloso de mí.
Y de ti, si todavía sigues intentandolo.
No porque hayamos sido fuertes todo el tiempo. Sino porque seguimos intentando, incluso cuando es demasiado.
No estoy atrás. No estoy roto de forma irreparable. No soy débil.
Soy una persona.
Y eso, aunque a este mundo se le olvide con una facilidad casi criminal, es más que suficiente.
Y si alguien llegó hasta aquí sintiendo que estas palabras también eran suyas, quizá esa era mi intención.
Tal vez también necesitaba recordartelo.
Lo lograste.
Aunque nadie lo viera. Aunque nadie lo nombrara. Aunque tú lo hubieras olvidado.
Fuente original: LinkedIn.