Por Leopoldo R. Jacome
Terminé tarde. Muy tarde. Y no por falta de organización o por irresponsabilidad. Sino porque, cuando eres una persona neurodivergente como yo, las ideas no paran. Literalmente: no paran.
Y cuando se activa el hiperfoco… bueno, qué les digo. Es como tener un puñado de fuegos artificiales estallando en cámara lenta dentro de la cabeza. Es hermoso. Es útil. Es agotador.
Durante la semana tengo una planeación clara. Sí, muchas tareas… Porque aprendí que entre más divido lo que tengo que hacer, más checks puedo ir tachando. Y eso, créanme, me da estructura, no control. Una forma viable de avanzar en medio del caos.
No siempre funciona. A veces las tareas se me empalman. A veces me frustro porque no logré terminar lo que planeé. A veces mi mente va más rápido que mi cuerpo. Y a veces, simplemente, me pierdo.
Pero no me pierdo por distraído. Me pierdo trabajando. Tecleando como si algo se me fuera a escapar si no lo escribo ya. Esos días, esos momentos, esos maratones mentales… nadie los ve. Nadie los aplaude.
Y no pasa nada.
Porque aprendí algo importante: no todo lo que haces necesita ser reconocido para que valga. Quien debe estar satisfecho con lo que hizo, con lo que sostuvo, con lo que intentó… eres tú.
No crean que todo es trabajo. Para mí, el ejercicio también es parte del equilibrio. Mis horas de gimnasio son sagradas.
Pero no por vanidad. Ni por disciplina.
Yo no creo en la disciplina. Creo en la motivación. La disciplina suena a repetición sin conciencia. A algo que haces solo porque toca. Y eso no va conmigo.
La motivación, en cambio, es una fuerza que viene desde adentro. Es tener un objetivo que elegiste, que pensaste, que analizaste. Y sí, eso me mueve más que cualquier rutina predecible.
Además, en el gym, cuando me ataca esa horrible parálisis por análisis —sí, esa sensación de estar bloqueado por pensar demasiado—, levantar pesas, respirar, mover el cuerpo… es lo que me regresa.
En medio del sudor y el conteo, hay un momento donde la mente se calla. Donde no hay juicio. Donde no hay pendientes. Solo movimiento. Y esa pausa, que no parece pausa, me salva.
Entonces sí… terminé tarde. Mi mesa de trabajo parecía zona de guerra. Tenía mensajes sin contestar. Estaba exhausto. Y aun así, sentí algo profundo:
Lo estoy haciendo bien. Aunque nadie lo diga. Aunque no me lo reconozcan. Aunque lo haya hecho en silencio.
Y por eso escribí esto. Por si tú también estás ahí. Por si sientes que tu esfuerzo pasa desapercibido. Por si, como yo, tu día se compone de pequeños logros invisibles que nadie ve… pero que existen.
Estás haciendo lo mejor que puedes. Y eso vale.
Esto no es un texto motivacional. No vengo a decirte que todo es energía ni a envolverte en frases chamánicas. Letra Chica no es un bálsamo de azúcar. Es una pausa.
Una pausa para que seamos conscientes de algo que casi nadie dice: Levantarse de la cama, muchas veces, ya es un logro. Sí, así de pequeño. Y tan grande a la vez.
☕ Nos leemos la próxima semana. Aquí hay pausa. Aquí hay café. Aquí hay verdad sin gritos.
— Letra Chica
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