Por Leopoldo R. Jacome
El asalto final a la autonomía del trabajador y la arquitectura del control en el México contemporáneo
Por Leopoldo R. Jacome
El síntoma Gurner… El confesionario de las élites.
Hay días en que las élites se sinceran por exceso de confianza. Se acomodan frente al skyline y hablan como si el mundo fuera una hoja de cálculo emocional donde el dolor ajeno es una variable gestionable. Es ahí cuando se les escapa la verdad que normalmente reservan para las juntas con sus capataces: el problema no es la inflación ni la productividad; el problema es que la gente dejó de tener miedo por un rato.
En septiembre de 2023, Tim Gurner, CEO de Gurner Group, lo dijo sin la cortesía habitual del poder: que el desempleo debía saltar entre 40% y 50% para “recordarle a la gente que trabaja para el empleador”. [1] La frase se vendió como “diagnóstico” de mercado, pero su ADN no es macroeconómico: es jerárquico. Porque cuando el trabajador recupera margen, por teletrabajo, por negociación, por haber comprobado que la vida existe fuera de la oficina, el capital no lo interpreta como equilibrio; lo interpreta como insolencia. Y entonces no pide inversión en procesos, no pide innovación, no pide rediseño productivo: pide castigo. Una nostalgia del látigo, donde “productividad” es eufemismo de sumisión y el hambre se vuelve herramienta de “corrección” para quien empieza a creerse humano. [2]
Lo dijeron como si fuera madurez. Era crueldad.
Tras el rechazo público y mediático, amplificado por la cobertura internacional, Gurner emitió una disculpa por ser “profundamente insensible”. [3] Pero su estructura delata más de lo que pretende ocultar: no corrigió la premisa, corrigió el tono. Al lamentar que sus palabras “no transmitieran empatía”, confirmó que su arrepentimiento fue de branding, no de doctrina. No cuestionó la idea del desempleo como pedagogía; cuestionó su propia incapacidad para presentarla sin que sonara a lo que era: una amenaza formulada como recomendación. [4]
En esta parte me morí de risa porque… se siente libre y poderoso pero al final si tiene mordaza…jajajajaja
Lo que Gurner verbalizó con torpeza no es una rareza australiana: es el viejo pacto del capitalismo cuando se siente cuestionado. El pacto no dice “vamos a producir mejor”; dice “vamos a disciplinar más”. Y ese pacto se repite, con nombres distintos, en casi todas las economías modernas: cuando el trabajo gana margen, el capital lo lee como desacato. Por eso el punto no es que la gente “trabaje menos”, esa es la coartada moral, sino que la gente se acostumbre a no vivir con la garganta apretada.
Esto no va de “empleo” en abstracto. Va de margen de salida. Una sociedad donde el trabajador puede decir “no” obliga a las empresas a competir por condiciones. Una sociedad donde el trabajador no puede decir “no” obliga al trabajador a competir por migajas. Ese es el fondo: desempleo alto o precariedad alta no solo “enfrían” la economía; enfrían la dignidad. Y cuando el miedo se vuelve política (aunque lo llamen “estabilidad”), ya no estamos frente a un mercado laboral: estamos frente a una pedagogía social de la obediencia.
De lo malo… PÉSIMO… algo bueno.
Gurner fue útil por una razón: porque dijo la parte silenciosa en voz alta. Su sinceridad fue un accidente de burbuja; la gente que vive detrás del vidrio a veces olvida que afuera el costo de vida no es una metáfora. Y cuando lo olvidan, hablan con la calma de quien nunca se juega la renta, la medicina, la escuela, el transporte, el descanso. Por eso su declaración no sonó a economía: sonó a advertencia. Y cuando la advertencia se formula como “análisis”, lo que tienes enfrente no es un comentario desafortunado: es un proyecto.
El lujo de la omnipotencia y el control de alta gama
Hay gente que cree que el lujo es una ropita de marca y un viajecito. Cute. Eso es lujo de quienes todavía tienen que esforzarse por existir. El lujo real, el de clase depredadora, es otro: poder controlar personas. Su tiempo. Su miedo. Su silencio. Y hacerlo sin levantar la voz, porque el sistema ya aprendió a hablar por ellos. El punto no es el penthouse; es la sensación de propiedad sobre lo humano. Y cuando alguien como Gurner pide desempleo masivo, no está proponiendo una “medida”: está defendiendo ese lujo, esa omnipotencia, esa fantasía de que la dignidad ajena es un permiso revocable.
El control de alta gama no opera con órdenes, opera con diseño. Convierte la violencia en proceso y la crueldad en metodología. No te gritan “aguanta”: te lo ponen en un Performance Review con la palabra “resiliencia” subrayada, como si la sobrecarga fuera una prueba de carácter y no una extracción de vida. Te fijan OKRs inalcanzables que funcionan como correa estratégica: no para que llegues, sino para que siempre te sientas en deuda. Y cuando quieren expulsarte sin mancharse las manos, te aplican un PIP: la ejecución elegante, con lenguaje pulcro y resultado idéntico. En ese ecosistema, la vigilancia más eficaz no es la cámara: es la culpa. Se entrena al trabajador para autoexplotarse y agradecer lo mínimo como si fuera un privilegio, hasta que el control se vuelve invisible y el abuso se etiqueta como “profesionalismo”.
jajajajjajaja y los gurues de empleabilidad y clima organizacional piensan que hacen algo…
No es cultura: es domesticación.
Cuando el engranaje funciona, la empresa no necesita vigilar: el individuo se administra solo con una sonrisa profesional. Esa es la colonización de la subjetividad: hacer que el trabajador confunda su dignidad con su “actitud”, y su derecho a tener límites con un “problema de compromiso”. Y si el poder detecta una chispa de autonomía, post-pandemia, post-teletrabajo, post-“me di cuenta de que sí tengo vida”, la respuesta no es mejorar condiciones: es reforzar el ritual. Más “cultura”. Más “alineación”. Más “sentido de pertenencia”. Porque el mensaje de fondo es siempre el mismo, solo que con un empaque más caro: la empresa no solo compra tu tiempo; quiere administrar tu identidad. Y ese, en el mercado depredador, es el verdadero lujo.
Aquí me acorde de un capataz en un comentario de una de mis publicaciones diciendome "Para este fulano todos son depredadores"…
Si aun me lees… TU NO ERES DEPREDADOR, TU SOLO ERES CAPATAZ
NAIRU y la administración del “slack”
Cuando el poder quiere imponer dolor sin parecer cruel, acrónimiza. Le pone siglas y gráficos para que el hambre parezca tener respaldo estadístico. NAIRU es la diplomacia del desempleo: una forma de llamar “estabilidad” a la idea de que debe existir un colchón de gente asustada para que los salarios no se atrevan a subir. Y claro: dicho así suena feo, casi medieval. Por eso se empaqueta como tecnicismo, como si el miedo fuera una variable y no una política. Como si la precariedad fuera una “condición de equilibrio” y no un diseño social que se repite con una precisión casi aristocrática: que la presión siempre caiga hacia abajo.
Por eso me molesta que hablen tanto en porcentajes y acronimos o en spanglish… ese es el patron que se sigue para lo que viene…
Aunque se presenta como brújula neutral, la NAIRU (Non-Accelerating Inflation Rate of Unemployment) es una política escondida en ecuaciones; como advirtió Michal Kalecki en 1943, el pleno empleo es una crisis política para las élites porque rompe la obediencia al eliminar el miedo al despido. [5] Y aquí conviene decirlo con elegancia, para que luego nadie diga que “no se entiende economía”: modelar no es pecado. Estimar es una herramienta. El problema es cómo se usa y, sobre todo, a quién le cobra la factura. Porque cuando el indicador es “no observable directamente” y profundamente sensible a supuestos, su uso como dogma permite desplazar la discusión sobre márgenes corporativos, concentración de mercado o abusos de precios hacia el cuerpo del trabajador: si los precios suben, la “solución” tecnocrática suele ser que el trabajo se discipline y “enfríe” sus pretensiones. [6] Lo que en papel parece prudencia monetaria, en la vida real opera como recordatorio: “no te emociones, no negocies, no levantes la cabeza”.
Eso no es macro: es jerarquía. La NAIRU funciona como coartada técnica para que el costo de la estabilidad lo paguen siempre los mismos. Al tratar al trabajador como una variable climática y no como un sujeto, el sistema garantiza que la “holgura” sea, en realidad, un estado de obediencia preventiva: el margen de los de arriba protegido por el miedo de los de abajo. [7] Y si alguien se atreve a cuestionarlo, se le responde con el gesto más clásico del poder: “no es político, es técnico”. Cute. También el látigo fue “técnico” cuando lo llamaron disciplina.
El laboratorio cínico de la precariedad
México no necesita debates sofisticados sobre la NAIRU para disciplinar a nadie. Aquí el sistema ya perfeccionó algo más eficiente: tener a la gente ocupada y, aun así, vulnerable. En otros países el miedo es quedarse fuera. En México el miedo es quedarse dentro… pero sin derechos, sin red, sin margen para enfermarte, renunciar o respirar. Por eso el desempleo bajo aquí no es medalla: es condena. Es el indicador más cruel de nuestra “normalidad”: la pobreza no permite el lujo de estar desocupado.
La trampa mexicana no se mide solo con informalidad. Se mide con calidad de salida. Porque aquí el ajuste laboral no opera como “me quedo sin trabajo”; opera como “me quedo sin vida administrable”. Puedes estar “ocupado” y seguir viviendo en modo emergencia: ingresos que no alcanzan, jornadas que se estiran por “necesidad de operación”, y una red de protección tan frágil que cualquier crisis, enfermedad, accidente, embarazo, depresión, se vuelve catástrofe financiera. Ese es el secreto: en México la precariedad no es una disfunción del sistema; es su forma más estable de equilibrio. La economía aparenta orden y el cuerpo del trabajador absorbe el golpe. Estadística tranquila, vida rota.
La seguridad social, en este país, funciona como el candado más eficaz del control moderno. No porque el IMSS sea “bueno” o “malo” como institución, sino porque el diseño amarra salud y protección a la permanencia en una relación laboral que muchas veces es abusiva. Ese vínculo convierte renunciar en algo parecido a saltar sin paracaídas: no solo pierdes salario, pierdes cobertura. Y cuando el costo de salida es así de alto, la negociación se vuelve una ficción decorativa. Ahí está la jerarquía real: no es que el empleador “dé trabajo”; es que controla el acceso a condiciones mínimas de vida. Y ese control, cuando se normaliza, reemplaza al látigo. Ya no te obligan: te vuelven dependiente.
Por eso la precariedad mexicana es más sofisticada que el desempleo masivo: permite que el país presuma “estabilidad” mientras ejecuta disciplina social en silencio. Aquí no necesitas lo que Gurner pidió, un desempleo de 40–50%, porque ya existe un equivalente menos escandaloso y más eficaz: una mayoría laboral que vive con miedo de caer del lado “sin derechos”. Ese miedo produce lo mismo que el desempleo extremo: obediencia preventiva, silencio, aceptación de lo inaceptable. Solo que aquí se llama “aguantar” y se romantiza como virtud nacional.
Los datos de la ENOE al cierre de 2025 (publicados en enero de 2026) son el mapa de esta arquitectura: desocupación del 2.4% conviviendo con informalidad del 54.6% y condiciones críticas en 38.4% de los ocupados. [8] No es un mercado “fuerte”; es un mercado sin aire. Y cuando Banxico reconoce que el desempleo abierto no captura la holgura real, y se asoma a modelos extendidos donde la informalidad funciona como amortiguador, lo que está diciendo, sin decirlo, es esto: el colchón disciplinario de México no se llama desempleo; se llama precariedad estructural. [9] Aquí el “ejército de reserva” no está desempleado: está trabajando. Pero sin poder.
¿A que no se lo habian preguntado?
jajajajajjaja
No es estabilidad: es obediencia.
Y ojo con esto: la vigilancia digital y la disputa por la jornada no son temas separados; son dos brazos del mismo cuerpo. Si el Estado empieza a mirar la sobrejornada como riesgo penal, el capital no renuncia al control: lo traslada. Ahí aparece el bossware como sustituto de la presencia. No te extienden oficialmente la jornada, pero convierten cada minuto en examen. No te dicen “trabaja 12 horas”, pero te hacen vivir como si cada pausa fuera sospechosa. El resultado es una jornada invisible: no la dicta el reloj, la dicta el miedo. Y ese miedo produce al trabajador perfecto para el modelo depredador: alguien que no se organiza porque vive bajo auditoría; alguien que no reclama porque siente que siempre está “a prueba”; alguien que ya no tiene tiempo mental para politizarse porque su energía se gasta en parecer correcto. Esta es la pedagogía del dolor económico en su versión mexicana: no necesitas el látigo visible si logras que la persona lo cargue por dentro.
La penalización de la sobrejornada
A veces el poder cree que puede estirar el tiempo humano como si fuera liga y encima le llama “compromiso”. Lo hace con sonrisa, con discurso de “equipo”, con el chantaje emocional de la camiseta. Pero la reforma del 7 de junio de 2024 metió una cuña en la puerta: la sobrejornada dejó de ser solo “práctica” y empezó a oler a delito. El deporte empresarial de disponer del tiempo ajeno sin consecuencias encontró, por fin, un límite que no se resuelve con un curso de liderazgo ni con un manual de compliance en pasta dura. Porque aquí el punto no es la moral corporativa: es el riesgo penal cuando la jornada excedida se vuelve el método para extraer beneficio.
La reforma al Artículo 21 de la Ley General contra la Trata de Personas incorporó las “jornadas de trabajo por encima de lo estipulado por la Ley” como modalidad de explotación laboral. [10] La distinción no es menor: mientras que antes el abuso horario era una falta administrativa, de esas que se “arreglan” con multa o con un memo, ahora se reubica en un marco penal cuando existe un beneficio injustificable y un atentado contra la dignidad. [11] Precisión importante (para que no te lo quieran tumbar con malicia): no es cárcel automática por “una hora extra”. La configuración del tipo depende del caso concreto, de la forma sistemática del abuso, del beneficio obtenido y de cómo se afectó la dignidad. Y sí: su aplicación práctica dependerá de criterios ministeriales y judiciales. Pero el cambio de tablero ya ocurrió: el tiempo dejó de ser mercancía impune y empezó a ser, jurídicamente, un posible indicio de explotación cuando se usa como mecanismo de sometimiento.
Disponer del tiempo ajeno no es gestión: es extracción. Y eso obliga a las organizaciones a pasar del cumplimiento cosmético de manuales a un registro real de límites: ya no basta decir “tenemos políticas”; ahora importa si en realidad se respetan. Esta penalización del uso sistemático de la sobrejornada establece penas generales de 3 a 10 años de prisión y multas de hasta 50,000 días. [12] Es una intervención biopolítica donde el Estado disputa al capital la soberanía absoluta sobre el tiempo del individuo. No porque de pronto el Estado sea santo, sino porque incluso el cinismo tiene un límite cuando el abuso deja huella pública.
Del reloj checador al “Bossware”
Cuando pierden la oficina, no pierden el control: lo actualizan. El problema nunca fue el escritorio; fue la mirada. Esa sensación constante de que alguien está midiendo si mereces existir en nómina. El reloj checador era tosco, de baja gama: dejaba huellas, olía a vigilancia de pasillo, tenía esa estética de “yo mando” que incomoda porque se nota. El bossware, en cambio, es la versión premium: se disfraza de “seguridad”, de “cumplimiento”, de “gestión de riesgos”, mientras convierte tu casa en una extensión del confesionario permanente. No es que la empresa quiera ver tu pantalla: es que quiere que tú sientas, todo el tiempo, que puede hacerlo.
El monitoreo remoto se expande en sectores de servicios mediante software que registra capturas de pantalla, keylogging y, en algunos casos, seguimiento ocular para reinstalar la idea de que el tiempo del trabajador es propiedad auditable. [13] Según informes de la GAO, esta vigilancia puede operar como sistema de “obediencia preventiva” y generar efectos psicosociales: autocensura, estrés, fragmentación de la atención y reducción del margen para la organización colectiva. [14] Y aquí conviene decirlo sin romanticismo: no todo control es ilegítimo cuando hablamos de seguridad real o información sensible; el problema es cuando la herramienta se convierte en sustituto del liderazgo y en tecnología de domesticación. Se optimiza para “parecer ocupado” ante un algoritmo, no para trabajar mejor. Y cuando el objetivo es parecer, ya no estás en un empleo: estás en una auditoría emocional diaria.
¿No les suena a eso de… "esta es una red profesional", "hay que ser profesional"?
BUMMMM!!!!
El bossware es el panóptico con mejor UX. Un trabajador observado no se organiza; un trabajador observado se administra. El costo de esta tecnología es la anulación del tiempo mental y la privacidad: cada pausa se vuelve sospechosa, cada silencio un riesgo, cada respiro un “bajo rendimiento”. El resultado no es productividad: es sumisión funcional. La jornada ya no se estira oficialmente; se vuelve invisible. No la dicta el reloj. La dicta el miedo.
La guerra por las 40 horas y el miedo al tiempo libre
Si esto fuera solo un tema de costos, ya lo habrían resuelto. Una tabla, un “roadmap”, un comité, dos consultoras, un documento con portada elegante y la promesa de “transición responsable”. Listo. Pero la resistencia a las 40 horas no es contable: es existencial. Porque cuando un trabajador recupera tiempo, recupera algo más peligroso que el descanso: recupera la posibilidad de pensarse fuera del trabajo. Y para el modelo depredador, eso es abrir la jaula del criterio propio. Es permitir que la gente recuerde que tiene vida propia, y ya vimos lo mucho que eso incomoda cuando se dice en voz alta.
Por eso el debate se llena de palabras nobles: “competitividad”, “productividad”, “talento”, “impacto en las MIPYMES”, “riesgo país”. Un repertorio entero para evitar decir lo obvio: el tiempo libre es subversivo. No por romántico, sino por operativo. El tiempo libre produce descanso real, ese que no se compra con yoga corporativo, produce comunidad, produce conversación, produce sindicato, produce política, produce vida. Produce algo que el control odia: margen. Y cuando existe margen, el “no” deja de ser tragedia y se vuelve opción. Eso cambia todo.
La reducción de jornada es una redistribución de soberanía. Y por eso el capital tiembla. No les preocupa que trabajes menos; les preocupa que dejes de vivir en modo supervivencia y empieces a pertenecerte. [15] Les preocupa que ocho horas de vuelta a la semana se conviertan en tiempo para dormir sin culpa, para ver a tus hijos sin reloj en la nuca, para estudiar, para organizarte, para cuidar tu cuerpo, para pensar… sí, pensar, sin que la empresa te rente la mente. Porque cuando la vida se expande, el chantaje se encoge.
No les preocupa que trabajes menos: les preocupa que te pertenezcas.
En México, donde la precariedad ya funciona como el gran disciplinador social, la jornada larga es uno de los últimos territorios donde el control se siente “normal”. Quitarle horas a esa normalidad no es un ajuste; es una reescritura del contrato cultural. Por eso el miedo empresarial al tiempo libre no es miedo a perder dinero. Es pavor sistémico a perder control sobre la identidad del trabajador. Porque si el trabajador deja de ser un apéndice de la nómina, el modelo entero tiene que competir de verdad: por condiciones, por dignidad, por retención sin violencia. Y ahí es donde muchos descubren que lo que llamaban “cultura” era, en realidad, costumbre de mandar.
VOILAAAAA!!!!
Hacia una soberanía existencial
Después de tanto dato, tanta sigla y tanto discurso empresarial perfumado de inevitabilidad, queda una sola pregunta que no cabe en ningún modelo: ¿tu vida es tuya o es un residuo del trabajo? Porque la “pedagogía del desempleo” funciona justo así: te enseña, a fuerza de miedo, que existir es sinónimo de obedecer. Y si un día se te ocurre pedir equilibrio, te llaman conflictivo, arrogante. Qué conveniente: el sistema siempre tiene un adjetivo listo para cuando alguien intenta recuperar su dignidad. Hoy es “arrogancia”. Mañana será “falta de compromiso”. Pasado mañana, “no encajas con la cultura”. El diccionario del control es infinito cuando se trata de justificar lo inaceptable.
Lo que Tim Gurner dijo en Melbourne no es una anécdota extranjera; es una confesión global. La diferencia es que en México esa lógica no necesita micrófono: ya está incrustada en la estructura. Aquí el dolor económico no se pide como “corrección”; se administra como rutina. No se discute como política; se vive como normalidad. Y cuando el trabajador intenta salir de esa normalidad, reducir jornada, exigir derechos, rechazar vigilancia, pedir límites, el sistema responde con su reflejo más antiguo: miedo, etiqueta moral, y el recordatorio implícito de que la vida debe caber en el trabajo, no al revés. La pregunta no es si existe una pedagogía del desempleo; la pregunta es cuántas instituciones la ejecutan sin nombrarla, cuántos manuales la operacionalizan, cuántos indicadores la celebran.
La salida no empieza con discursos inspiradores ni con “resiliencia” de póster. Empieza con algo más incómodo: nombrar el mecanismo, rastrear sus coartadas y quitarle el glamour al control. Recuperar autonomía. Recuperar el derecho de no vivir como apéndice de una nómina. Porque cuando el dolor económico se usa como escuela, la verdadera rebeldía no es gritar: es volver a ser dueño de tu propio reloj. Y dueño de tu reloj, no para “trabajar mejor”, sino para existir mejor: sin auditoría en la nuca, sin culpa en el pecho, sin miedo como forma de administración pública. Porque la soberanía no empieza con un aumento salarial. Empieza cuando tu tiempo deja de ser un recurso de terceros y vuelve a ser tuyo.
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Bibliografía y Fuentes Consultadas
Australian Financial Review (2023). AFR Property Summit: Tim Gurner’s remarks on unemployment. Septiembre 12, 2023.The Guardian (2023). Millionaire developer Tim Gurner says unemployment should jump 40-50% to ‘kill arrogance’. Septiembre 13, 2023.SBS News (2023). Political reaction to Tim Gurner’s AFR summit comments. Septiembre 14, 2023.Gurner Group (2023). Official Statement on Recent Remarks. Septiembre 14, 2023.Kalecki, M. (1943). Political Aspects of Full Employment. Political Quarterly.Reserve Bank of Australia (2023). Explainer: The NAIRU – What it is and why it matters.OECD (2024). Structural Reforms and the Phillips Curve: Why the fit is mediocre. Economic Outlook.INEGI (2026). ENOE Indicadores Estratégicos al cierre de diciembre 2025. (Pub. 26 enero 2026).Banco de México (2024). Informe Trimestral: Medición de la holgura laboral e informalidad.Diario Oficial de la Federación (2024). Decreto de reforma a la Ley General contra la Trata. Junio 7, 2024.Greenberg Traurig (2024). Legal Alert: Labor Exploitation and New Criminal Penalties.EY Mexico (2024). Tax and Labor News: Human Trafficking Law Reform.GAO (2023). Bossware and Electronic Surveillance: Protecting Workers.Big Brother Watch (2023). Stop Spying on Us: Workplace surveillance technology.Coparmex (2025). Postura oficial ante la reducción de la jornada laboral a 40 horas.
- Australian Financial Review (2023). AFR Property Summit: Tim Gurner’s remarks on unemployment. Septiembre 12, 2023.
- The Guardian (2023). Millionaire developer Tim Gurner says unemployment should jump 40-50% to ‘kill arrogance’. Septiembre 13, 2023.
- SBS News (2023). Political reaction to Tim Gurner’s AFR summit comments. Septiembre 14, 2023.
- Gurner Group (2023). Official Statement on Recent Remarks. Septiembre 14, 2023.
- Kalecki, M. (1943). Political Aspects of Full Employment. Political Quarterly.
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- INEGI (2026). ENOE Indicadores Estratégicos al cierre de diciembre 2025. (Pub. 26 enero 2026).
- Banco de México (2024). Informe Trimestral: Medición de la holgura laboral e informalidad.
- Diario Oficial de la Federación (2024). Decreto de reforma a la Ley General contra la Trata. Junio 7, 2024.
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- Big Brother Watch (2023). Stop Spying on Us: Workplace surveillance technology.
- Coparmex (2025). Postura oficial ante la reducción de la jornada laboral a 40 horas.
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