Por Leopoldo R. Jacome
“La verdad no pide permiso. Cuando entra a una corte, ya llegó tarde el silencio.”
Notas desde una práctica que no es neutral
La verdad no pide permiso.
La anécdota me llegó desde las tierras extranjeras. No llegó como un aplauso, ni como el eco de un chisme de pasillo. Llegó con el peso de lo inevitable. Uno de los casos a los que decidí prestar mi voz, porque yo no genero "contenido", yo otorgo identidad a la injusticia, se encuentra hoy en el centro de un litigio.
En medio de ese ritual de estrados y silencios, emergió la figura del operador del ruido. Uno de esos arquitectos de la negación que confunden la estrategia con el borrado de la memoria y que cometen el error fatal de creer que el testimonio de una víctima es un objeto manipulable.
Una obviedad que fingimos no ver…
Hay algo que seguimos obviando, quizá por pudor, quizá por cansancio: el narcisismo siempre intenta cambiar los roles. No refuta el abuso. No discute los hechos. Hace algo mucho más sofisticado, y más predecible: convierte a la víctima en culpable.
Primero, la señala por hablar. Luego, la avergüenza por no “guardar las formas”. Después, la acusa de exagerar, de malinterpretar, de no entender “el contexto”. Y si nada de eso funciona, viene el último recurso: “¿Y por qué lo dijo públicamente?”. Como si el problema no fuera el abuso, sino la osadía de nombrarlo. El narcisismo empresarial no busca justicia; busca silencio administrado. Y cuando el silencio falla, intenta imponer culpa. No es una estrategia nueva. Es un patrón.
Por eso el operador del ruido no discute la columna: la exhibe. La imprime. La lleva a otra jurisdicción. No lo hace para refutarla, sino para ver si pierde peso o si en otro país deja de doler. No lo hace por inteligencia; lo hace por desesperación.
Tuvo la osadía de imprimir mis palabras y llevarlas ante una corte extranjera. Creyó que la distancia física diluiría la fuerza del verbo. Pensó que, al cambiar de jurisdicción, la verdad se volvería ruido.
Error de principiante…
Antes de llegar a una corte, la palabra pasa por otros lugares menos visibles. Pasa por la cocina de una casa donde alguien habla en voz baja. La memoria de una víctima no nace lista para ser escuchada; se construye con miedo y con la sospecha constante de que nadie va a creerla. Por eso es falso pensar que una columna aparece de la nada. Antes hubo escucha. Antes hubo la decisión, siempre incómoda, de no usar la historia del otro como insumo, sino como responsabilidad.
En esa sala, se escuchó: “El abogado periodista Leopoldo R. Jacome publicó…”
Cuando no se puede refutar la realidad, se intenta desacreditar la voz. Y aun así, terminó citándola. Sin saberlo, el operador de la negación certificó lo que tanto intentaba ocultar.
Obra en conciencia.
Por qué esta voz no es neutra
Aquí va la precisión necesaria: Yo no soy periodista. Soy columnista. Y una columna no informa: asume responsabilidad. Por eso lleva nombre, criterio y consecuencias. No escribo para opinar: escribo para dejar constancia. Mi columna es distinta no por estilo, sino por experiencia. No escribo desde la sorpresa, sino desde el reconocimiento del patrón. No me escandaliza que intenten invertir los roles; me confirma que el texto tocó donde debía. El narcisismo necesita controlar el relato porque sin relato, se cae. Pero ahí está el problema para ellos: la memoria no se controla. La verdad no se avergüenza. Y la víctima, cuando deja de pedir permiso, ya no vuelve al silencio.
La función del daño y la trampa de la estrategia
Me niego a ser un abogado "de molde". Esa neutralidad decorativa de los pactos en penumbra no es ingenua: es funcional al daño. Yo no estudié Derecho para decorar expedientes ni para jugar a la imparcialidad mientras el abuso sigue sangrando.
Quienes hemos lidiado con narcisistas… y otras psicopatías funcionales del mundo corporativo, aprendemos algo incómodo: los pasos se repiten. Siempre. Sabemos cuándo van a negar, cuándo van a minimizar y cuándo van a intentar reescribir la historia. No porque seamos genios, sino porque ellos no son originales. Cambian los cargos, los discursos, los países; pero el mecanismo es el mismo. Por eso, cuando intentan desacreditar una columna llevándola a otra jurisdicción, no veo audacia: veo manual. Manual viejo. Manual gastado.
¿Qué soy?
Soy activista de trinchera.
Acompañar es cargar. Es no soltar.
Hay días en los que enciendo un tabaco como quien enciende un rezo. No es descanso. Es rito.
El humo sube lento, como si llevara consigo los nombres que no digo en voz alta. Como si pidiera, sin palabras, justicia para quien confió, para quien entregó su historia sin saber si alguien la iba a sostener.
No fumo para olvidar. Fumo para recordar que esa historia no es mía. Que me fue confiada. Que no me pertenece, pero me obliga.
Y en ese gesto mínimo, casi invisible, el humo se vuelve plegaria: una que no suplica castigo, una que no busca espectáculo, una que nace de la dignidad y pide verdad.
El humo se disipa. La justicia tarda. Pero la convicción, esa, permanece.
Esto es el precio de ser la voz incómoda. Cansa. Aísla. Te coloca en una intemperie donde no hay neutralidad posible. Pero también otorga la certeza de que no hablas en vano. No escribo para gustar; escribo para que, cuando la historia intente maquillarse, exista un registro que diga: no fue así.
Que una columna cruce fronteras no es una rareza. Es un síntoma. El síntoma de un sistema que ya no puede controlar del todo el relato. Es la señal de que la palabra dejó de pedir permiso y empezó a circular como lo que siempre fue: una forma de resistencia.
Que una columna llegue a una audiencia internacional no es un exceso.
Es una consecuencia.
La palabra incomoda cuando no fue escrita para agradar, sino para dejar constancia. Yo no escribo para ser citado. Escribo desde el lugar incómodo de quien sabe que la verdad no siempre gana, pero siempre deja marca. Y esa marca, aunque intenten moverla de país, de expediente o de idioma, permanece.
Escribo para que, cuando alguien intente reescribir la historia, ya exista una versión que no se mueve.
La verdad no pide permiso. Se sostiene. Y cuando se sostiene, camina sola.
Fuente original: LinkedIn.