La Orilla

Cambiar no siempre es irse. A veces es por fin llegar


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Cambiar no siempre es irse. A veces es por fin llegar
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Por Leopoldo R. Jacome

No lo entendí de inmediato.

Las cosas que de verdad cambian casi nunca hacen ruido. No anuncian su llegada. Se instalan despacio, por debajo de lo visible, hasta que un día algo que antes descansaba bien entre las manos deja de hacerlo. Conserva su forma. Conserva su historia. Pero ya no abriga igual.

Eso me pasó con Letra Chica.

Durante mucho tiempo, ese nombre fue una casa. No una casa grande, sino un lugar preciso. Una mesa encendida cuando el ruido de afuera ya había cansado bastante y una persona necesitaba sentarse sin demostrar nada. Ahí encontré una pausa que me hacía falta más de lo que entonces sabía. Ahí pude escribir sin correr, sin volver cada golpe una tesis, sin obligar a cada cansancio a producir sentido para alguien más. Compartir ese lugar con ustedes fue un regalo serio. De esos que no levantan la voz y, aun así, permanecen.

Por eso digo esto sin desdén y sin ceremonia: Letra Chica me acompañó bien. Me sostuvo en un momento exacto. Me dio una forma más baja de mirar, una cercanía distinta con ciertas verdades que no aparecen cuando todo alrededor exige velocidad, postura u opinión inmediata. Le tengo cariño. Le tengo respeto. Y quizá por eso me costó tanto aceptar lo evidente: llegó un punto en que ese nombre dejó de sentirse mío.

No de golpe. Nadie sale de una casa que de verdad habitó con un portazo limpio. Fue algo más extraño. Más callado. Como volver a un cuarto conocido y descubrir que todo sigue en su sitio, salvo el cuerpo. La puerta. La ventana. La luz a cierta hora. Todo estaba ahí. Lo que ya no entraba del mismo modo era yo.

Ahí empezó este cambio.

No como gesto de ruptura. Mucho menos como maquillaje nuevo para lo mismo. Empezó cuando entendí que hay nombres que acompañan una etapa con una precisión hermosa y luego, sin perder esa belleza, dejan de nombrar con justicia lo que uno se ha vuelto.

Entonces apareció La Orilla.

Apareció porque era la palabra más cercana a la verdad.

Para mí, la orilla no es una promesa de paz ni una imagen pulida de descanso. Es algo más humilde y más necesario. Es el momento en que, después de haber pasado demasiado tiempo adentro del agua, una persona toca suelo con la planta del pie. Nada se arregla de pronto. La ropa sigue pesada. La respiración tarda en acomodarse. El mar continúa detrás, haciendo lo suyo. Pero ya no te arrastra igual. Y esa diferencia, aunque parezca mínima, cambia todo.

Eso es La Orilla para mí.

El lugar al que se llega cuando no hay respuestas, pero hace falta borde. Un pedazo de tierra para sentarse un momento con la duda, con el cansancio, con esa tristeza que a veces no trae explicación y aun así ocupa espacio, mucho espacio. La orilla no corrige lo vivido. No vuelve hermoso el dolor. No da lecciones. Apenas ofrece una superficie firme. A veces eso basta. A veces eso es lo único que de verdad se tiene.

Con el tiempo entendí que este espacio ya venía buscando eso. Ya no solo una pausa. También una permanencia. Ya no solo un respiro entre una cosa y otra, sino un lugar al que regresar cuando el ruido se mete hasta los huesos y una persona necesita pensar desde otra parte. No para huir. Para quedarse. Para mirar mejor. Para volver a sí sin apuro.

Tal vez de eso iba todo desde hace tiempo y yo todavía no sabía decirlo.

Hay proyectos que nacen en un tamaño y luego piden otra forma. No porque lo anterior haya quedado corto, sino porque fue verdadero. Porque acompañó bien. Porque hizo exactamente lo que tenía que hacer. Y justamente por eso no merece ser estirado hasta deformarse.

Letra Chica me dio pausa. La Orilla me pide permanencia.

Entre una cosa y la otra hay una distancia que no siempre se ve, pero se siente en el cuerpo. La pausa fue necesaria. Me encontró cuando la necesitaba. Me enseñó a bajar la voz y a no pedirle a cada texto que saliera al mundo armado hasta los dientes. Le debo mucho. Pero la orilla pide algo distinto. Pide quedarse un poco más. Pide aceptar que no todo cambio es una huida. A veces cambiar es la forma más limpia de dejar de mentirse.

Por eso este gesto nace de la honestidad.

No estoy soltando Letra Chica como quien rompe con algo que le avergüenza. La estoy dejando ir con gratitud, que es bastante más difícil. Hay nombres que no se abandonan con enojo. Se dejan con la tristeza extraña de las cosas que fueron casa. No porque hayan fallado. Porque cumplieron. Porque dieron lo que tenían que dar. Porque seguir dentro de ellas sería pedirles una vida que ya no les corresponde.

Y entonces una persona cambia.

No para parecer otra. No para empezar de cero. Cambia para poder entrar completa en el sitio al que ya había llegado por dentro.

Ese sitio, para mí, se llama La Orilla.

Aquí seguirá habiendo pausa, sí, pero no una pausa decorativa. Aquí quiero escribir desde ese borde donde el pensamiento deja de correr por obligación y puede quedarse un poco más cerca de lo que importa. Más cerca del cansancio real. Más cerca de la duda que no posa para nadie. Más cerca de esa parte de la vida que no se arregla con entusiasmo ni con frases bonitas, pero que aun así merece palabras.

Gracias por haber leído y habitado Letra Chica.

A veces cambiar de nombre no es disfrazarse. A veces es, por fin, decir la verdad.

Al publicarse este texto, Letra Chica cambiará oficialmente su nombre a La Orilla. La voz permanece. La búsqueda también. Lo que cambia es el nombre de la casa.


Fuente original: LinkedIn.

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Leopoldo R. Jacome
Fundador y Litigante Estratégico
Fundador y autor de Artículo 0 Media. Litigante estratégico y defensor de derechos humanos. Su trabajo editorial se concentra en justicia, poder, relaciones laborales, derechos humanos y violencias estructurales.
ORCID: 0009-0008-8422-921X Artículo 0 Media / Litigio Estratégico