Por Leopoldo R. Jacome
Por Leopoldo R. Jacome
No estoy aquí para darles mi opinión; estoy aquí para interferir en su frecuencia. Se los digo de frente porque eso de ser tibio me parece sin escrúpulos, y sin comités de simpatía: la conversación ha muerto y en su lugar hemos erigido una coreografía de lo correcto. No hay diálogo posible si hemos decidido, colectivamente, que todo lo incómodo es violencia y que toda disidencia debe ser penalizada con el látigo del aplauso automático. Les hablo desde el inmenso Zócalo virtual donde hoy se dirimen las honras y los linchamientos, asistiendo a un funeral sin deudos: la muerte del encuentro azaroso entre dos seres que se atreven a pensar en voz alta. Lo que antes era palabra hoy es espasmo de algoritmo; lo que antes era dialéctica hoy es un monólogo optimizado para no molestar a los guardianes del feed.
Para que me entiendan, hay que asomarse al abismo que separa nuestras épocas de control. Yo observo cómo hemos saltado de la Sociedad Disciplinaria que diseccionó foucault a aquella maquinaria de confinamiento y castigo físico donde el Gran Hermano nos vigilaba desde una torre externa, hacia una Sociedad Psicopolítica mucho más perversa. Hemos pasado de la prohibición a la seducción. En el viejo régimen, el control era el "no": el muro, la celda, la censura que te cortaba la lengua. Hoy, el mecanismo es el "sí": el estímulo constante, la optimización del yo y ese fetiche narcisista que llamamos "like". Ya no somos sujetos de obediencia arrastrando el "debes hacerlo"; ahora somos sujetos de rendimiento, esas figuras trágicas que Byung-Chul Han desmenuza al mostrarnos cómo el poder ha dejado de ser un golpe de látigo en la espalda para transformarse en un susurro constante al oído que nos convence de que el agotamiento es, en realidad, nuestra mayor victoria personal… JAJAJAJAJAJA.
Es la libertad convertida en el látigo más eficiente que la historia haya parido… LITERAL.
¿Y qué ganamos con eso? Nada. NADOTA… Solo nos cansamos más.
En esta arquitectura del "deber ser" que les denuncio, la vigilancia ya no es una patrulla externa; es interna y participativa. Ustedes lo saben: no necesitan a un guardia en la torre si solitos se autocensuran para que su post parezca “apto para reclutadores”. La vigilancia ahora es el Big Data y la mirada del vecino, un panóptico descentralizado donde la emoción dominante ya no es el miedo a la represión estatal, sino una ansiedad difusa, una positividad tóxica que desemboca inevitablemente en la depresión narcisista. Si la sociedad de Foucault buscaba la homogeneización forzada a través del cuartel, la sociedad que yo veo nacer busca la explotación de la libertad a través de lo que llamo la Coreografía de lo Correcto. Es la victoria de la forma sobre el fondo, donde lo importante no es tener la razón o buscar la verdad, sino mantener la armonía de ese jardín japonés digital donde toda maleza crítica es arrancada de raíz por los procesos automáticos del optimismo obligatorio.
Soy testigo de la gran pastoral del emprendimiento de uno mismo, donde la transparencia no es una virtud ética, sino una demanda de iluminación total para que nadie pueda esconder un pensamiento que no haya sido previamente pasteurizado por un departamento de "cultura y talento".
El smartphone… ese que sostienen ahora mismo, es el rosario de una nueva religión secular. Su mandamiento principal: no seas TOXICO.
Amén al algoritmo, que todo lo ve y nada perdona.
Si nombras el abuso con la crudeza que merece… Si te niegas a envolver tu indignación en celofán… Entonces el sistema te marcará con la letra escarlata de lo “poco profesional”.
La cursilería ha encontrado su apoteosis técnica en lo que llamo el "lenguaje LinkedIn fluido". Es una jerga neoburguesa donde el despido de mil personas se transmuta en "transición de carrera", la explotación en "desafío apasionante" y la falta de vida privada en "pasión por el propósito". El dolor se ha vuelto una anomalía de sistema; si sientes agotamiento, te obligan a convertirlo en resiliencia; si ves una injusticia, te piden encuadrarla como una “área de oportunidad”.
El capitalismo emocional no solo colonizó nuestra vida interior; la transformó en contenido. Eva Illouz lo dijo antes, y hoy es evidente: la tristeza ya no puede ser solo tristeza. Tiene que rendir. En este teatro corporativo que exigen que cada suspiro sea monetizable, la conversación auténtica, esa que chirría y duele, es un estorbo. Si vas a hablar de desigualdad, asegúrate de que parezca una charla TED; que sea breve, inspiradora y que no interrumpa el flujo de la "buena onda" con emojis que editen el impacto de tu denuncia.
Pero quizá el frente más violento de esta coreografía es el que afecta a la neurodivergencia bajo el yugo de un profesionalismo capacitista. El sistema nos vende una inclusión performativa: "debes ser diverso", nos dicen, pero en tono TEDx. Yo veo cómo amamos al autista mítico, ese genio del código que sirve al rendimiento, mientras expulsamos al autista real, al que comunica de forma demasiado directa o literal para el guion afectivo de la oficina. Aquí aparece el masking emocional: ese trabajo extenuante e invisible de fingir para encajar en una narrativa que te quiere visible pero inofensivo. El resto de nuestra experiencia, la honestidad sin adornos, es barrido bajo la alfombra del "Tone Policing". Ese "tus ideas son valiosas, pero cuida el tono" es solo la forma elegante que usa el poder para decirte: "Cuestiona lo que quieras, pero hazlo sin que se note que te duele, sin que tu voz rompa la estética de nuestra armonía corporativa".
Ser uno mismo es, hoy, un error de diseño. AL PARECER….
LinkedIn se erige como el panóptico perfecto de nuestra era, el escenario donde ha nacido el “LinkedIn Lunatic”: ese profesional que llora frente a la cámara y convierte cada microfracaso en un arco narrativo de marca personal. El eufemismo es la ley: la precariedad se vuelve oportunidad y el dolor se vuelve “contenido”. En este "Infierno de lo Igual", hemos eliminado al Otro. La demanda de lo "constructivo" es una de orden de censura absoluta: si no tienes una solución decorativa para el incendio, no te atreves a gritar que la casa se quema. Tu rabia ante la injusticia será diagnosticada de inmediato como una preocupante falta de inteligencia emocional.
La inteligencia es UNA… y no solo su teoria.
Es ante este panorama de eufemismos y marketing existencial que he decidido dar vida a esta nueva columna, llamada TRINCHERA. No nace como un espacio más en el inventario de las buenas conciencias ni como un accesorio decorativo para su marca personal, sino como una interrupción necesaria en el flujo de la complacencia digital. He decidido fundar este refugio porque el silencio ya no es una opción frente a la burocracia del afecto; porque entiendo que la verdadera comunicación hoy solo es posible si rompemos el pacto de la civilidad corporativa que nos amordaza. TRINCHERA es mi respuesta al vacío, el lugar donde la palabra recupera su derecho a la aspereza y donde el pensamiento no necesita pedir permiso para existir fuera del guion.
Por eso he levantado esta TRINCHERA. No como un lugar de odio, sino como el último refugio de la realidad sin filtros. Es el hábitat de lo que yo llamo el "Idiota" en su sentido etimológico: aquel que se niega a participar en la coreografía, que se atreve a ser "demasiado intenso" y que entiende que la verdadera libertad no reside en el aplauso virtual, sino en la capacidad de nombrar las cosas por su nombre. En mi TRINCHERA no hay comité de simpatía; aquí se permite llorar feo, gritar sin filtro y decir que algo está mal sin tener que proponer soluciones decorativas para que el jefe no se sienta incómodo. Aquí no hay positividad tóxica, hay verdad incómoda.
Lo que les digo es que nos estamos jugando la posibilidad misma de la experiencia humana. Mientras el mundo se vuelve más liso y transparente, mi TRINCHERA les ofrece la opacidad y la fricción necesarias para que la palabra vuelva a tener peso. El profesionalismo actual es un disfraz de obediencia; un filtro algorítmico que clasifica como peligroso todo lo que no sonríe. La conversación no está evolucionando; está siendo pasteurizada. En este proceso de limpieza estética, hemos perdido el derecho a la herida y a la protesta que no busca un "like", sino un cambio de paradigma. La verdadera conversación es la que nos transforma, la que nos deja distintos, la que ocurre entre seres que aún no han aprendido a hablar en el lenguaje de los manuales de marketing.
Mi TRINCHERA está abierta para ustedes, los que no caben en el aplauso automático, los que han sido etiquatados como "tóxicos" solo por decir la verdad en voz alta.
Aquí no optimizamos el tono. Aquí no negociamos la rabia. Aquí no pedimos likes.
Aquí nombramos lo real, aunque nadie aplauda. Esta es mi TRINCHERA. Y si duele… es porque sigue viva.
Fuente original: LinkedIn.