Por Leopoldo R. Jacome
Sobre el fanatismo partidista, los algoritmos que nos clasifican y la renuncia cotidiana a pensar por cuenta propia
Después de escuchar tanto, y créanme, escucho demasiado, hay una pregunta que regresa con una insistencia que ya empieza a cansarme:
¿Por qué todo tiene que convertirse en política?
Me pasa con frecuencia en el doctorado. Podemos comenzar hablando de derecho constitucional, teoría del Estado, instituciones, justicia o cualquier asunto que debería dar para una discusión amplia. Hay siglos de pensamiento detrás. Autores que se contradicen, modelos que prometieron demasiado, instituciones que se deformaron con el tiempo y conceptos que no significan lo mismo ahora que cuando fueron formulados.
Hay tanto de qué hablar.
Pero la conversación termina, otra vez, en una queja sobre las políticas públicas del gobierno actual, del anterior o del que alguna persona todavía no supera.
Y ahí dejo de escuchar por unos segundos.
No porque las políticas públicas no importen. Importan. Lo que me harta es que sustituyan cualquier discusión de fondo. Ya no se analiza al Estado, se comenta al gobierno. Ya no se revisa una teoría, se intenta acomodarla al discurso partidista del momento. Ya no se estudia cómo opera el poder, sino que se decide si debe celebrarse o condenarse según quién lo tenga.
Se habla de “transformación” como si repetir la palabra demostrara que algo se transformó.
Se utiliza “bienestar” con una solemnidad casi religiosa, olvidando que el Estado de bienestar no es una ocurrencia recién descubierta y que desde hace décadas existe toda una discusión sobre sus límites, contradicciones y crisis.
Pero bueno.
Según muy doctos.
Esto no ocurre únicamente dentro de las aulas.
Lo escucho en las noticias, entre alumnos, en las entrevistas que hago, en las historias de mis clientes y en conversaciones que ni siquiera me pertenecen. Basta sentarse en una mesa cercana para comprobarlo.
La conversación puede comenzar con la inseguridad, una película, el precio de una renta, la educación de los hijos, una relación o la decisión de alguien de abandonar el país. Cinco minutos después, alguna persona ya está defendiendo a un gobierno o responsabilizando al anterior de todos los males nacionales, incluidos probablemente el tráfico, el clima y la decepcionante calidad del café.
Todo termina en política.
Y la verdad es que la detesto.
No la política entendida como la forma en que una sociedad discute y distribuye el poder. Sería absurdo negar su importancia desde el derecho. Las normas contienen decisiones políticas. También la jornada laboral, los impuestos, el acceso a la salud, la investigación de los delitos, la educación y la forma en que el Estado decide qué vidas proteger.
Lo que detesto es su invasión partidista.
Esa necesidad de colocarle un color a cada idea.
Hablar de derechos humanos y que alguien intente adivinar inmediatamente por quién votas.
Criticar un abuso y descubrir que la discusión ya no gira alrededor del abuso, sino de si la crítica favorece o perjudica al gobierno de turno.
Me sucede constantemente.
Si me escuchan hablar sobre derechos laborales, desigualdad o violencias estructurales, algunos concluyen que soy izquierdoso.
Si solamente me ven, otros deciden que soy derechoso.
La ciencia política por apariencia física. Una disciplina de enorme prestigio en redes sociales y sobremesas.
La verdad resulta bastante menos útil para quienes necesitan clasificarlo todo: nunca me he identificado con ningún partido.
Mi postura son los derechos humanos.
No las banderas.
No los colores.
Mucho menos los partiditos politiqueros que se insultan frente a las cámaras y después negocian juntos aquello que juraban defender.
Siempre he pensado que la política es una esfera. No hay lados permanentes.
Podemos hablar de izquierda y derecha para ubicarnos, igual que trazamos líneas sobre un mapa, pero el poder se mueve. Gira, cambia de lenguaje, se acomoda y termina encontrándose consigo mismo.
Quien ayer denunciaba una práctica puede justificarla mañana.
Quien exigía límites desde la oposición puede considerarlos exagerados cuando llega al gobierno.
Quien hablaba de libertad descubre súbitamente que la censura no le parece tan grave cuando calla a las personas adecuadas.
El discurso cambia.
El poder conserva costumbres bastante reconocibles.
También los algoritmos necesitan colocarnos en una casilla
Hace poco vi el análisis que Favikon realiza sobre mi contenido.
La plataforma me clasifica como “Progressive Liberal”. Señala que soy un defensor de los derechos laborales y la justicia social, que mi perfil puede vincularse con organizaciones de derechos humanos y que una parte de mi trabajo consiste en amplificar voces marginadas y cuestionar injusticias estructurales.
También describe mi contenido político como “Outspoken”.
Varias de esas afirmaciones son correctas.
Defiendo los derechos laborales.
Hablo de justicia social.
Cuestiono estructuras que producen violencia.
El detalle está en lo que sucede después: un sistema encuentra ciertas palabras, temas y relaciones entre conceptos, y con ellas construye una identidad ideológica.
Supongo que hay algoritmos que miden mis publicaciones, detectan frecuencias, comparan patrones y deciden en qué parte de una línea política deben colocarme.
La máquina fue creada para clasificar. No puedo reclamarle demasiado.
Lo extraño es que las personas hagan lo mismo con menos información y mucha mayor seguridad.
Favikon necesitó analizar una cantidad considerable de contenido antes de llamarme liberal progresista. A algunas personas les basta una frase. A otras, aparentemente, una fotografía.
La clasificación puede describir una parte de mi trabajo, pero no necesariamente explica mi postura.
Defender derechos laborales no me obliga a aceptar todo lo que alguna izquierda partidista haga en nombre del pueblo.
Hablar de grupos históricamente marginados tampoco me impide cuestionar discursos progresistas cuando se vuelven autoritarios, superficiales o funcionales al poder.
Y defender las garantías de una persona conservadora, impopular o incluso desagradable no me convierte en militante de derecha.
Los derechos no cambian de contenido según quién los invoque.
Los partidos sí.
Quizá eso sea lo más interesante de la clasificación de Favikon. No que me coloque en una categoría determinada, sino que incluso una postura construida alrededor de derechos necesita ser traducida a una identidad política para resultar comprensible.
Parece que ya no basta con escuchar qué piensa alguien.
Necesitamos saber dónde colocarlo para decidir cómo escucharlo.
Una vez asignada la etiqueta, el trabajo intelectual disminuye considerablemente. Si alguien es de izquierda, de derecha, oficialista, opositor, progresista o conservador, suponemos que ya conocemos el resto de sus opiniones.
La clasificación nos ahorra la molestia de prestar atención.
Y ahí empieza a desaparecer el pensamiento crítico.
La frase de Miguel
Fue una publicación de Miguel Ángel Ruiz Silva la que terminó de ordenar esta incomodidad.
Miguel es especialista en consumer neuroscience y neuromarketing. Su trabajo gira alrededor de la forma en que decidimos, interpretamos estímulos y construimos eso que luego presentamos, con enorme seguridad, como una opinión completamente racional y propia.
Compartió una recopilación de nueve investigaciones recientes sobre la psicología de la política estadounidense.
Los estudios abordaban temas distintos: la influencia de la identidad partidista en la interpretación de expresiones humanas, la extensión de nuestros círculos morales, el uso del enojo en la comunicación política y la forma en que nuestras afinidades pueden alcanzar decisiones que creemos profundamente personales.
No corresponde trasladar sus conclusiones directamente a México. Nuestra historia política, nuestras instituciones y nuestra relación con el poder tienen características particulares. Hacer un simple copiar y pegar académico sería bastante pobre.
Pero los mecanismos descritos resultan familiares.
Miguel cerró su publicación con una frase:
La política es una de las nuevas religiones.
Cuando la leí, todo tuvo sentido.
Era fanatismo.
Pero no solamente el fanatismo evidente de los gritos, los insultos o las personas que convierten a un político en decoración doméstica.
Era algo más silencioso.
La pérdida del pensamiento crítico.
La necesidad de pertenecer antes que comprender.
La urgencia por defender una identidad, incluso cuando los hechos empiezan a contradecirla.
Cuando una postura se convierte en fe
Una religión no sirve únicamente para explicar el mundo. También ofrece símbolos, comunidad, rituales y una narración sobre el bien y el mal.
Dice quiénes somos.
Señala aquello que debemos proteger.
Y suele indicarnos quiénes son los otros.
La identidad política puede cumplir una función parecida. Ya no se limita a expresar una opinión sobre el gobierno o la economía. Se convierte en una explicación general de la vida.
El grupo indica qué medios merecen confianza, qué hechos deben indignarnos, qué víctimas son legítimas y qué abusos necesitan contexto.
Si el adversario miente, la mentira confirma su corrupción.
Si miente alguien cercano, aparece inmediatamente una explicación. Tal vez era una estrategia. Tal vez las circunstancias eran distintas. Tal vez el otro grupo hizo algo peor.
Siempre hay una forma de absolver a los nuestros.
No necesariamente por falta de inteligencia.
Reconocer una injusticia cometida por el grupo propio amenaza algo más profundo que una opinión. Puede romper la imagen moral que una persona ha construido sobre sí misma.
Si mi grupo representa la justicia, ¿qué hago cuando comete una injusticia?
Si llevo años explicando que los otros son el problema, ¿cómo acepto que alguien de ese lado tiene razón?
Si mi identidad pública depende de una causa, ¿qué ocurre cuando esa causa contradice los principios que afirmaba defender?
Pensar exige permanecer un momento dentro de esas preguntas.
El fanatismo necesita cerrarlas rápido.
Por eso una crítica puede sentirse como una agresión personal. No se está cuestionando únicamente una política pública. Se está tocando el lugar desde el cual una persona ha decidido explicarse a sí misma.
Cambiar de opinión deja de parecer honestidad intelectual.
Parece deserción.
Se puede tener un doctorado y repetir consignas
Durante años se sostuvo que el acceso a más información produciría sociedades mejor preparadas.
La idea parecía razonable. Si las personas podían consultar estudios, documentos, estadísticas y testimonios, sería más difícil engañarlas.
La realidad tomó otro camino.
Tenemos más información que cualquier generación anterior, pero no siempre la utilizamos para comprender. Muchas veces la utilizamos para confirmar lo que ya queríamos creer.
Buscamos la cifra que beneficia nuestra postura.
El video que exhibe al adversario.
La declaración que puede compartirse sin contexto porque el contexto, esa criatura molesta, podría arruinar una buena indignación.
No entramos a leer con una pregunta.
Entramos con una conclusión y buscamos algo que la respalde.
Esto también ocurre en espacios académicos.
Se puede tener un doctorado y repetir una consigna.
Se pueden citar veinte autores sin haber sometido a revisión una sola certeza propia.
Se puede utilizar lenguaje técnico para disimular una idea bastante pobre.
El grado académico no vacuna contra el fanatismo.
En ocasiones solamente mejora su vocabulario.
El pensamiento crítico requiere algo distinto. Implica admitir que existe información capaz de modificarnos.
Hay una pregunta que rara vez escucho en las discusiones políticas:
¿Qué tendría que ocurrir para que yo reconociera que estoy equivocado?
No qué prueba exigiríamos a los demás.
No qué tendría que hacer el gobierno contrario.
¿Qué tendría que suceder para que nosotros cambiáramos de posición?
Cuando la respuesta sincera es “nada”, ya no estamos frente a una conclusión.
Estamos frente a una creencia cerrada.
Dejamos de mirar conductas y empezamos a mirar uniformes
La identidad política puede trabajar antes de que formulemos un argumento consciente.
Puede enseñarnos a sospechar de determinadas personas, atribuir intenciones y evaluar un mismo acto de manera distinta según quién lo realiza.
Una protesta puede ser resistencia o vandalismo.
Una investigación penal puede significar justicia o persecución.
La concentración de poder puede parecer liderazgo o autoritarismo.
Una mentira puede ser una traición o una estrategia necesaria.
El hecho cambia poco.
Lo que cambia es el nombre de quien lo protagoniza.
Entonces ya no examinamos la conducta. Identificamos el uniforme y reaccionamos de la manera que corresponde a nuestra afiliación.
Eso explica por qué algunas conversaciones resultan imposibles.
No se están comparando argumentos.
Se están defendiendo pertenencias.
A mí no me parece inteligente dejar de hablarle a alguien por su pensamiento partidista. Hablar con esa persona puede ayudarme a entender más.
Quiero saber desde dónde mira, qué experiencias la llevaron a pensar así, qué teme y qué pretende proteger. Escucharla no me obliga a aceptar sus conclusiones.
Comprender no significa conceder la razón.
Pero esa diferencia se está perdiendo.
Ahora escuchar parece validar. Preguntar se confunde con simpatizar. Reconocer que el otro formuló un argumento razonable puede ser interpretado como una traición.
Hay personas que prefieren conservar una idea insostenible antes que conceder un punto a quien han colocado en el grupo contrario.
No discuten para descubrir algo.
Discuten para no moverse.
El derecho cambia según quién lo necesita
Desde el ejercicio jurídico, esta pérdida de criterio se vuelve especialmente evidente.
Muchas personas defienden derechos con enorme intensidad mientras esos derechos protegen a alguien con quien simpatizan.
El debido proceso parece una conquista civilizatoria hasta que la persona acusada les resulta despreciable.
La libertad de expresión se considera indispensable cuando protege nuestras ideas, pero comienza a generar dudas cuando ampara una opinión que rechazamos.
Los límites al poder son esenciales mientras gobierna el adversario. Cuando gobiernan los propios, esos mismos límites empiezan a parecer tecnicismos, obstáculos o exageraciones de quienes supuestamente no comprenden la urgencia del momento.
El principio no cambió.
Cambió el beneficiario.
Lo mismo sucede con las víctimas.
Si pertenece al grupo con el que simpatizamos, exigimos justicia inmediata.
Si la ubicamos en el otro, comenzamos a investigarla. Revisamos sus opiniones, sus errores, sus amistades y su pasado, como si una persona necesitara presentar un certificado de pureza política antes de denunciar una violación a sus derechos.
La dignidad humana no depende de que alguien nos agrade.
Tampoco exige que vote como nosotros, utilice el lenguaje correcto o haya llevado una vida impecable.
Precisamente por eso hablamos de derechos y no de premios.
Un derecho que solamente reconocemos en quienes comparten nuestras ideas es un privilegio temporal.
Una garantía que exigimos únicamente contra nuestros adversarios termina convertida en un arma.
Por eso mi postura son los derechos humanos.
Me obligan a cuestionar al poder sin importar el color que utilice.
A defender garantías incluso cuando protegen a personas que no me agradan.
A reconocer un abuso aunque admitirlo perjudique una causa que considero valiosa.
Los derechos humanos no ofrecen la tranquilidad de sentir que nuestro grupo siempre tiene razón.
Exigen conservar el criterio cuando cambia el nombre de quien gobierna.
Y esa consistencia suele irritar a quienes confunden militancia con conciencia.
La indignación también deja ganancias
Las redes sociales comprendieron bastante rápido el valor económico de esta dinámica.
Una persona enfurecida permanece conectada. Comenta, comparte, responde y vuelve para comprobar si alguien tuvo la insolencia de contradecirla.
Una persona que duda resulta menos rentable.
Puede cerrar la aplicación.
Leer algo completo.
Pensar antes de pronunciarse.
Incluso puede decidir que todavía no tiene elementos suficientes para opinar, conducta casi subversiva en una época donde todos parecen obligados a emitir un veredicto cinco minutos después de conocer un tema.
El algoritmo no necesita que tengamos razón.
Le basta con que reaccionemos.
Por eso cada acontecimiento llega presentado como una emergencia definitiva. Cada elección será la última oportunidad para salvar al país. Cada error confirma el colapso de las instituciones. Cada adversario representa una amenaza existencial.
La discusión pública ya no recompensa a quien comprende mejor.
Premia a quien provoca más rápido.
Y terminamos confundiendo la reacción constante con conciencia política.
Creemos que permanecer enojados demuestra que estamos despiertos.
A veces solamente demuestra que alguien descubrió qué botón presionar.
No pertenecer también dice algo
La frase de Miguel no hizo que me gustara más la política.
Sigo cansándome cuando una conversación termina reducida a partidos, gobiernos y personajes públicos que ocupan demasiado espacio en nuestra vida sin saber siquiera que existimos.
Pero me ayudó a entender por qué sucede.
La política convertida en religión ofrece una identidad lista para usarse. Entrega respuestas, culpables y una comunidad que confirma nuestras certezas.
También ofrece algo muy seductor: la sensación de que nosotros somos los buenos.
No personas contradictorias, capaces de lucidez y de errores.
Los buenos.
Quienes entendieron.
Quienes salvarán al país de los otros.
Esa historia evita mirar hacia dentro.
Siempre resulta más sencillo denunciar la violencia del adversario que reconocer la violencia útil para nuestra propia causa. Es más fácil exigir límites cuando gobiernan otros y defender libertades cuando protegen lo que nosotros queremos decir.
Pensar rompe esa comodidad.
Nos obliga a escuchar sin la garantía de seguir siendo exactamente los mismos después.
A reconocer una verdad aunque la pronuncie alguien que rechazamos.
A cuestionar un abuso aunque lo cometa una persona cercana a nuestras ideas.
Quizá por eso existe tanta urgencia por clasificarnos.
La etiqueta tranquiliza.
Si soy izquierdoso, alguien cree saber cómo debe responderme.
Si parezco derechoso, también.
Si no acepto ninguna de esas categorías, aparece un inconveniente: tendrán que escuchar lo que digo antes de decidir qué pensar de mí.
La política es una esfera.
No existen lados permanentes. Hay posiciones que se desplazan alrededor del poder.
Lo que debería permanecer es el criterio.
Agradezco a Miguel Angel Ruiz Silva por compartir aquellas investigaciones y por escribir una frase que terminó dándole forma a algo que llevaba años observando en aulas, entrevistas, consultas, reuniones y conversaciones ajenas:
La política es una de las nuevas religiones.
Cuando la leí, todo tuvo sentido.
No estábamos frente a un exceso de opiniones.
Estábamos presenciando una renuncia.
La renuncia a examinar aquello que favorece al grupo propio.
A escuchar antes de clasificar.
A permitir que una idea atraviese la muralla de nuestras certezas.
Eso es lo que estamos perdiendo.
No únicamente la posibilidad de conversar con quienes piensan distinto.
Estamos perdiendo la capacidad de pensar sin pedir permiso a quienes piensan como nosotros.
Y cuando una sociedad deja que su identidad decida de antemano qué debe creer, el poder ya no necesita convencerla.
Solo necesita entregarle una etiqueta y señalarle a quién debe temer.
Fuente de referencia: Eric W. Dolan, Nine recent studies that reveal the hidden psychology of American politics, PsyPost, 12 de julio de 2026.
https://open.substack.com/pub/leopoldorjacome/p/la-politica-es-una-esfera-pero-seguimos
Fuente original: LinkedIn.