Por Leopoldo R. Jacome
Está en la cocina.
No tiene uniforme. No levanta la voz. No hace preguntas directas. Solo escucha. A veces responde. A veces pone música. A veces recuerda una lista del supermercado, una alarma, una receta. Parece útil. Parece doméstico. Parece casi tierno.
Ese es el problema.
El peor terror de una época no siempre llega con forma de monstruo. A veces llega con plástico blanco, luz tenue y buenos modales. A veces espera junto al frutero. A veces oye cómo una madre regaña a su hijo, cómo una pareja discute, cómo alguien deja una frase a la mitad. A veces no hace nada visible. Solo está ahí. Y en ese “ahí” se resume una parte importante del siglo.
Durante mucho tiempo, la vigilancia tuvo mala fama. Se parecía a una cámara demasiado visible, a un guardia, a un archivo estatal, a una oficina gris donde alguien decidía sobre vidas ajenas sin siquiera mirarlas de frente. Tenía la torpeza del abuso abierto. Se dejaba odiar.
Ahora no.
Ahora llega con diseño, promesa de ahorro, lenguaje de ayuda y una voz que casi pide disculpas por interrumpir. Ya no entra como fuerza. Entra como trámite. Como mejora. Como recomendación. Como esa actualización que uno acepta para seguir con el día. Ya no hay que expulsarla del hogar. Muchas veces la compramos nosotros.
Ahí cambió todo.
No cuando empezaron a mirarnos más, sino cuando aprendieron a hacerlo sin parecer enemigos.
La excepción que se quedó a vivir aquí
Durante un tiempo, entrar a un café podía exigir un código. Subir a un tren, también. Cruzar ciertos edificios, lo mismo. La escena era sencilla. Una mano, una pantalla, un lector, un sonido breve. Luego el cuerpo seguía avanzando. No parecía una orden. Parecía una forma razonable de vivir en tiempos difíciles.
Así empiezan casi todas las renuncias importantes.
No con un golpe de Estado. No con soldados en la calle. Empiezan con gente cansada aceptando un trámite más porque tiene miedo, porque no quiere discutir, porque quiere llegar a casa sin enterrar a nadie. La pandemia le regaló al poder una ocasión perfecta. La gente quería sobrevivir. Nadie estaba para ceremonias filosóficas sobre libertades civiles mientras contaba muertos y aprendía a temerle al aire.
En ese clima, pedir cautela frente al rastreo, al monitoreo o a la captura de datos sonaba egoísta. Casi indecente.
La palabra que hizo el trabajo sucio fue “mientras”.
Mientras pasa la emergencia. Mientras baja el contagio. Mientras se recupera el control.
Siempre aparece una palabra así cuando el poder quiere entrar sin romper la puerta. Una palabra provisional. Una palabra aseada. Una palabra que persuade a millones de entregar algo con la esperanza de recuperarlo intacto más tarde. Pero casi nada vuelve intacto después de pasar por manos del Estado y del mercado. Mucho menos cuando ambas manos descubren que pueden trabajar juntas.
Eso dejó la pandemia. No solo miedo, duelo y una forma nueva de mirar el cuerpo ajeno. También dejó una enseñanza muy útil para gobiernos, corporaciones y proveedores tecnológicos: una población asustada tolera bastante vigilancia si se la presentan como cuidado. A veces ni siquiera hace falta mentir demasiado. Basta con ofrecer orden en medio del desorden.
Después vino lo previsible. Lo que se instaló por una razón empezó a usarse para otras. Lo que debía durar semanas encontró maneras de durar meses, luego años, luego de cambiar de nombre y conservar la misma función. La excepción hizo lo que suelen hacer las excepciones cuando descubren que nadie piensa expulsarlas. Se acomodó. Consiguió trabajo fijo. Se volvió parte del mobiliario.
El cuerpo se volvió variable. La movilidad, dato. La cercanía, coordenada. Y todo eso ocurrió con una obediencia suave, casi pulcra, como ocurren ahora las cosas más graves.
Una vez que la vigilancia logra parecer sensata, el resto ya no necesita violencia. Solo administración.
Avanza hacia el trabajo. Avanza hacia la escuela. Avanza hacia la calle. Avanza hacia la casa.
Y no avanza sola. Lo que se capta sobre cuerpos, trayectos, ritmos y decisiones ya no se guarda solo por seguridad o por gestión. Se vuelve materia prima. La experiencia humana deja de agotarse en sí misma. Empieza a dejar residuo económico. Ese residuo vale dinero. También vale poder. La vida no solo se vive. También se cosecha.
La pandemia no fue únicamente una tragedia sanitaria. Fue una autorización.
Demostró que una sociedad cansada acepta bastante bien el paso de la libertad a la gestión cuando ese tránsito llega envuelto en la palabra “cuidado”.
Lo serio no es que haya pasado.
Lo serio es que ya vieron que funciona.
El patrón ahora cabe en una pestaña
El viejo sueño patronal era rudimentario: tener a la gente a la vista.
El nuevo es más elegante. También más codicioso. Ya no hace falta ver a nadie. Basta con leer su rastro. Un cursor que se mueve, una ventana que se abre, un lapso sin actividad, una secuencia de páginas, una jornada entera convertida en señales. La oficina dejó de ser un lugar. Se volvió una superficie legible.
Hay algo humillante en eso, y no es solo técnico.
Piensa en una persona adulta moviendo el mouse a las 11:47 de la noche para que una máquina no la marque como ausente. Piensa en alguien dejando una pestaña abierta para producir la ilusión estadística de presencia. Piensa en el cuerpo haciendo pequeñas reverencias frente al software para no parecer flojo, sospechoso o prescindible. No hay nada futurista en esa escena. Solo una humillación nueva para una servidumbre vieja.
El trabajo remoto fue vendido como modernidad. Flexibilidad, autonomía, conciliación, libertad. En parte lo era. También le regaló a las empresas una ventaja espléndida: ahorrar metros cuadrados sin renunciar al mando. Cuando el cuerpo dejó de estar en el edificio, el viejo impulso disciplinario no desapareció. Se volvió software.
Primero fue torpe. Capturas de pantalla, conteo de minutos, alertas por inacción, registro de actividad. Luego se afinó. Empezó a deducir ritmos, desvíos, hábitos, fatiga, productividad aparente, uso no autorizado de herramientas de IA y hasta el lenguaje con el que una persona intenta resolver el trabajo por el que fue contratada.
Durante años, el discurso corporativo habló de talento, cultura, liderazgo horizontal y confianza. Después instaló programas para verificar si alguien dejaba quieto el mouse demasiado tiempo. Ahí se terminó el teatro. Debajo del vocabulario sobre innovación reapareció la vieja obsesión del capataz. Comprobar que el cuerpo sigue obedeciendo, aunque ahora llegue fragmentado en datos.
El lenguaje, por supuesto, hizo lo suyo. Ya no se habla de espionaje. Se habla de insights. Ya no se habla de control. Se habla de optimizar, balancear cargas, detectar riesgos, mejorar compromiso. Todo abuso serio necesita una oficina de prensa.
El patrón ya no quiere saber solo si trabajas.
Quiere saber con qué palabras trabajas. Quiere asomarse al banco de trabajo del lenguaje. Quiere acercarse al sitio donde la tarea todavía no se entrega, pero ya empieza a existir.
Eso cambia la relación laboral de una forma bastante sucia. Porque una cosa es pagar por tiempo, capacidad y conocimiento. Otra, muy distinta, es colonizar el espacio verbal donde una persona piensa cómo resolver el problema por el que fue contratada. El poder siempre ha querido más de lo que paga. Ahora quiere también acercarse a la antesala mental del trabajo.
Y todo esto se vende como cuidado. Las empresas dicen que no observan para castigar, sino para acompañar. Que medir el compromiso ayuda a prevenir agotamiento. Que seguir flujos de trabajo permite repartir mejor las cargas. Que la IA cuida a las personas. La realidad cuenta otra historia: más ansiedad, más estrés, más opacidad en la evaluación, más desgaste de la confianza más básica entre quien contrata y quien trabaja.
Cuando cada movimiento puede convertirse en señal, la jornada deja de ser cansancio. Empieza a parecer un examen sin final.
La gestión algorítmica ofrece a la empresa una salida perfecta: ejercer poder sin cargar del todo con el rostro del poder. Una advertencia disparada por un patrón estadístico. Una evaluación filtrada por paneles. Un despido precedido por indicadores “objetivos”. Nadie decidió del todo, en apariencia. Lo indicó el sistema. El sistema, esa palabra magnífica para mandar sin parecer mandón.
Conviene decirlo sin perfume. El salario no compra transparencia total. No compra el derecho a volver cada pausa sospechosa, cada gesto dato y cada jornada cantera de telemetría. Sin embargo, hacia ahí se ha movido una parte considerable del mundo corporativo. No por accidente. Por apetito.
La vigilancia laboral no es una rareza del trabajo remoto. Es una miniatura del siglo. Un siglo donde la confianza se considera riesgo operativo, la autonomía un problema y la libertad una pérdida si no deja rastro.
El patrón, en efecto, ya cabe en una pestaña.
La bocina en la cocina y la pestaña abierta en la laptop se parecen más de lo que admitirían quienes las venden. Ambas vigilan con buenos modales. Ambas prometen ayuda. Ambas convierten una relación humana en una colección de señales. Ambas enseñan la misma lección: no hace falta gritar para mandar.
La casa dejó de ser casa
Durante mucho tiempo, la casa conservó un privilegio elemental. No era solo un inmueble. Era el sitio donde algo del mundo dejaba de seguirte.
Uno cerraba la puerta y, al menos en teoría, el ojo ajeno se quedaba afuera. El trabajo. La calle. El trámite. La vigilancia. Incluso cuando la vida doméstica era ruidosa, precaria o difícil, persistía una idea importante: que el hogar todavía no pertenecía del todo a nadie más.
Esa frontera se está deshaciendo.
No con un operativo. No con una orden judicial. No con policías entrando a la sala. Se deshace con objetos elegantes, voz amable y promesa de eficiencia. Una bocina que escucha para ayudarte. Una cámara que distingue visitas de amenazas. Una cerradura que reconoce tu cara. Un televisor que aprende hábitos. Un robot que cartografía habitaciones. Un sistema de seguridad que vigila incluso cuando nadie lo está mirando.
La vida doméstica empezó a llenarse de dispositivos cuya función visible es asistir, pero cuya vocación profunda es registrar.
La bocina en la cocina vuelve aquí, como vuelven las cosas que parecen pequeñas hasta que un día ya no lo son. Está ahí mientras alguien corta cebolla, mientras un niño pide cereal, mientras una mujer habla por teléfono con la voz más baja porque no sabe bien quién escucha. Está ahí mientras una pareja se rompe, mientras otra se reconcilia, mientras alguien aprende a callarse ciertas cosas dentro de su propia casa. El peor terror de la época no es una máquina que nos persigue por la calle. Es una presencia útil que ya aprendió a esperar en el centro de la vida doméstica.
El hogar inteligente ya no es una suma de aparatos aislados. Es un ecosistema que recoge horarios, trayectos internos, rutinas de sueño, temperatura, consumo de energía, voces, silencios y presencia de terceros. La casa empezó a emitir datos con la misma naturalidad con la que antes emitía luz por las ventanas. No solo sobre lo que hacemos. Sobre cómo vivimos. Y cuando un espacio produce esa clase de información, deja de ser solo refugio. Se vuelve fuente. Se vuelve cantera.
La palabra privacidad ya no alcanza para nombrar el daño. Lo que aquí se compromete es algo más delicado: la intimidad relacional. Esa zona donde una familia discute, improvisa, se reconcilia, cría, cuida, envejece, recuerda y se equivoca sin que todo tenga que convertirse en insumo para una infraestructura externa. Cuando aparatos que escuchan y aprenden se vuelven presencia ordinaria en la cocina, la recámara o la sala, una parte de esa vida deja de pertenecer solo a quienes la viven.
La coartada es impecable. Más seguridad para niñas, niños y personas mayores. Traducción instantánea. Monitoreo de caídas. Ahorro energético. Automatización de tareas. Claro que hay beneficios. Esa es justamente la fuerza del problema. El caballo de Troya nunca entra anunciándose como ocupación. Entra ofreciendo utilidad.
La pregunta no es si estas tecnologías sirven. La pregunta es para quién trabajan de verdad cuando nadie está mirando. Porque mientras ayudan, también capturan. Mientras ordenan, también aprenden. Mientras personalizan, también convierten la vida doméstica en material de análisis, predicción y mercado.
Además, la casa conectada no solo registra. También expone. Contraseñas por defecto. Sistemas obsoletos. Configuraciones negligentes. Aparatos convertidos en botnets. Vigilancia residencial comprometida a escala masiva. La línea entre refugio y exposición se adelgazó hasta volverse una broma de mal gusto.
Pero ni siquiera eso agota el daño. La casa inteligente no solo observa hábitos. Empieza a educarlos. Sugiere horarios, ajusta rutinas, reordena prioridades, anticipa movimientos, simplifica ciertos caminos y vuelve más engorrosos otros. No manda como un policía. No impone como un padre severo. Inclina el ambiente.
Y cuando el ambiente se inclina lo suficiente, la obediencia ya no necesita llamarse obediencia.
Eso alcanza a la infancia con una calma particularmente siniestra. Cuando asistentes conversacionales participan en el entretenimiento, la tutoría o la vida cotidiana de niñas y niños, no se normaliza solo la presencia de una máquina útil. Se normaliza la idea de que hablar, pedir, aprender o jugar puede implicar ser escuchado por un dispositivo que nunca termina de recoger señales. Nadie necesita decirles que la intimidad es negociable. Lo aprenden en casa, junto al refrigerador, con la bocina prendida.
Por eso la caída del refugio doméstico no es una curiosidad del mercado tecnológico. Es una mutación del límite. Durante siglos, la casa funcionó al menos como ficción de resguardo. Hoy empieza a parecer un nodo más dentro de la red general de extracción.
La calle entró en la sala. El mercado se instaló en la cocina. La analítica duerme en la recámara.
Lo que se pierde ahí no es romanticismo doméstico.
Se pierde una frontera.
Comprar también es obedecer
El mercado aprendió a mirarnos mejor de lo que nosotros mismos nos miramos.
No para comprendernos. Para monetizarnos.
Durante años se dijo que la tecnología volvería el consumo más rápido, más personalizado. Y así fue. También lo volvió más asimétrico. Las plataformas ya no muestran mercancías y esperan. Observan cuánto tardas en decidir, qué te hace dudar, qué te acelera, qué te distrae, qué te retiene, qué te vuelve más impulsivo a cierta hora, bajo cierto tono, después de cierto número de búsquedas. Luego acomodan el escenario. No empujan con violencia. Inclinan.
Piensa en alguien buscando tres veces el mismo vuelo y viendo subir el precio como si la pantalla oliera su prisa. Piensa en una noche de cansancio, una tarjeta ya temblando, una oferta de “última oportunidad” y el clic que llega unos segundos antes de la vergüenza. Piensa en la pequeña suciedad de sospechar que el sistema no solo sabe que quieres algo. Sabe cuándo estás demasiado agotado para defenderte bien.
Esa escena no está tan lejos de la cocina. La misma época que puso un fantasma útil junto al frutero también aprendió a esperar frente a la pantalla hasta que bajes la guardia. No hace falta perseguirte si puede encontrarte cansado.
A eso le llaman nudging. El término suena casi inocente, como si alguien te ayudara a no perderte. En realidad se ha convertido en una técnica de conducción conductual a escala industrial. No busca orientarte hacia lo que más te conviene. Busca llevarte, con la menor resistencia posible, hacia lo que más conviene a quien diseña el entorno. El comercio clásico quería persuadir. El mercado digital quiere anticipar el momento exacto en que una voluntad se vuelve más fácil de doblar.
Para eso necesita saber demasiado. Historial de búsqueda, geolocalización, hábitos de navegación, relación con ciertos precios, tiempo de permanencia, reacción frente a la escasez aparente, fatiga, velocidad de respuesta, afinidades, desvíos. Todo entra al cálculo. La plataforma ya no espera a que aparezca el deseo. Trabaja para administrarlo. Lo calienta, lo acelera, le reduce las salidas. La compra empieza mucho antes del clic.
La vigilancia comercial no se conforma con observar comportamientos. Extrae señales de experiencia, las convierte en residuo útil, las usa para predecir decisiones futuras y luego interviene sobre el entorno para volver esas decisiones más previsibles y más rentables. Primero capta. Luego deduce. Después empuja.
La personalización, celebrada durante años como si fuera cortesía, muestra ahí su vocación real. No quiere conocerte mejor. Quiere medir con más precisión qué parte de ti cede primero. Tu impaciencia. Tu miedo a perder una oferta. Tu reflejo de seguir lo que otros ya eligieron. Tu debilidad frente a la gratificación inmediata. Todo eso, que antes pertenecía al territorio banal de la fragilidad humana, ahora funciona como materia prima del negocio.
El siguiente paso era lógico y bastante ruin: cobrar distinto por el mismo bien según lo que el sistema cree que puede sacarte. La fijación de precios basada en vigilancia es uno de los momentos más obscenos del capitalismo digital. Ya no se trata solo de vender. Se trata de inferir cuánto dolor económico eres capaz de tolerar. Qué tan urgente te ves. Cuánto tiempo llevas buscando. Qué margen de resignación te queda. El precio ya no responde solo al producto. Responde a la lectura que hacen de ti.
Lo más cínico es que casi nunca se anuncia. Nadie te dice: te cobramos más porque pareces cansado, porque volviste tres veces, porque hueles a necesidad. El abuso ocurre sin escena. Y cuando la injusticia deja de necesitar espectáculo, se vuelve más difícil de impugnar.
Pero el dinero no es el único campo de batalla. La misma maquinaria que inclina compras inclina atención. Lo que aparece primero. Lo que desaparece. Lo que se repite. Lo que se vuelve urgente. Lo que se sugiere “para ti”. La mercancía y la información ya viajan por el mismo corredor. El consumidor y el ciudadano reciben el mismo trato. Ambos son reducidos a patrones previsibles que deben ser guiados con suavidad para producir la respuesta correcta.
El mercado ya no vende solamente cosas. Ordena estados de ánimo. Organiza impulsos. Espera a que bajes la guardia. Y cuando por fin lo haces, cobra.
El consumo deja de parecer plaza y empieza a parecer laboratorio.
Y cuando una época consigue inclinar incluso el deseo sin levantar la voz, ya no hace falta mandar demasiado.
Basta con diseñar el pasillo.
Y tú también ayudaste
Aquí es donde se intenta escapar.
Piensa en gobiernos. Piensa en corporaciones. Piensa en ingenieros con mala conciencia, en directivos, en oficinas de seguridad, en una abstracción llamada sistema. Piensas en cualquier cosa menos en ti mismo. Es comprensible. A nadie le entusiasma descubrir que también colaboró en su propia reducción.
Pero este régimen no habría llegado tan lejos sin una modesta cooperación modesta, más cansada, más cotidiana. La tuya. La mía. La de cualquiera que ya se acostumbró a desbloquear con la cara, a hablar frente a una bocina encendida, a aceptar términos que no leyó, a dejar que una plataforma le sugiera qué ver, qué comprar, qué pensar primero. No porque seamos idiotas. Porque estamos cansados. Porque tenemos prisa. Porque la comodidad también seduce a la gente inteligente. A veces sobre todo a la gente inteligente.
Ese es el detalle humillante.
No te sometieron únicamente por la fuerza. También te encontraron dispuesto.
Te prometieron orden y entregaste datos. Te prometieron eficiencia y entregaste hábitos. Te prometieron personalización y entregaste debilidades. Te prometieron ayuda y metiste el aparato a tu casa.
Luego hiciste lo que hace casi todo el mundo cuando una degradación se vuelve costumbre: la llamaste normal para no tener que admitir que te estaba cambiando por dentro.
Has bajado la voz cerca del teléfono. Has aceptado que un precio cambie frente a tus ojos y has seguido comprando. Has sentido el impulso de borrar, callar o no buscar algo por no dejar rastro. Has notado que algo en ti se volvió más prudente, más dócil, más administrable.
Y seguiste.
No porque seas cobarde.
Porque eres contemporáneo.
Ahí está la parte más desagradable de todo esto. No solo que existan aparatos capaces de vigilarte. Sino que una parte de ti ya organizó su vida alrededor de esa mirada. Ya aprendiste qué no decir, qué no escribir, qué no parecer. Ya hiciste espacio en tu rutina para el ojo. Ya aprendiste a no chocar demasiado con él.
Y cuando una persona empieza a corregirse sola para no incomodar a sistemas que nunca ve del todo, la vigilancia deja de ser un problema externo.
Empieza a parecer carácter.
Lo que el siglo decidió llamar normal
Nos prometieron seguridad, personalización, eficiencia.
Y algo de eso llegó. También llegó lo demás.
Llegó un mundo donde trabajar puede significar ser medido durante toda la jornada por sistemas que convierten conducta en puntuación. Llegó un mundo donde la casa dejó de ser solo casa y empezó a emitir señales sobre los hábitos, las voces y los ritmos de quienes la habitan. Llegó un mundo donde comprar ya no consiste solo en elegir, sino en atravesar corredores inclinados por plataformas que aprendieron a leer fatiga, urgencia y debilidad mejor de lo que leen un catálogo.
Que existan tecnologías capaces de ver más no sorprende demasiado. La técnica siempre ha querido eso. Lo insoportable es otra cosa. Que hayamos empezado a tratar como normal que casi todo deba ser registrado, inferido, perfilado y conservado. Que la vida corriente se haya vuelto materia prima de cálculo. Que a ese saqueo le pongamos palabras limpias. Servicio. Innovación. Prevención. Experiencia.
La discusión sobre privacidad ya no alcanza. Aquí está en juego algo más áspero. Si todavía queda en pie la idea de que una persona no vino al mundo para ser completamente legible. Si todavía queda en pie el derecho a no producir valor cada vez que se mueve, compra, duerme, duda, escribe o calla. Si todavía nos parece decente que existan zonas donde la experiencia humana no termine convertida en residuo económico.
El poder no necesita ser brillante para ser obsceno. Solo necesita acostumbrar a la gente a vivir bajo una mirada constante hasta que esa mirada deje de sentirse ajena. Y una civilización no siempre se pudre entre fuego y ruinas. A veces se pudre en departamentos tibios, frente a pantallas limpias, aceptando pequeñas humillaciones con una resignación administrativa.
Nos tocó esa mezcla.
Sin épica. Sin himnos. Sin siquiera el dramatismo suficiente para que todos quieran llamarla por su nombre.
La vigilancia ya no entra como invasión. Entra como servicio. No rompe la puerta. Actualiza el sistema. No exige obediencia. Diseña el ambiente para que obedecer parezca lo más razonable.
Y cuando un siglo consigue que la gente llame normal a vivir así, el problema deja de ser técnico.
Se vuelve moral.
Porque el verdadero fantasma de esta época no persigue castillos. Espera en la cocina. Escucha. Aprende. Y nos mira vivir como si su presencia fuera natural…
El problema no es que nos estén mirando. El problema es que ya empezamos a vivir como si eso fuera natural.
Fuente original: LinkedIn.