La Trinchera

México está gritando porque lleva demasiado tiempo conteniéndose


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México está gritando porque lleva demasiado tiempo conteniéndose
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Por Leopoldo R. Jacome

México está gritando porque lleva demasiado tiempo conteniéndose

Hay imágenes que no se explican solas, aunque parezca que sí.

Un Ángel desbordado. Una Minerva tomada. Calles enteras convertidas en garganta. Banderas sobre los hombros. Claxons, cantos, empujones, lágrimas, cerveza, niños sobre los hombros de sus padres, desconocidos abrazándose como si se conocieran desde siempre.

A primera vista, cualquiera podría decir que eso es futbol. Pero yo no puedo verlo así. No del todo.

Porque cuando un país entero sale a la calle con esa urgencia de gritar, cuando las plazas públicas se llenan como si hubiera una deuda emocional pendiente, cuando la gente celebra no con alegría tranquila sino con una especie de desesperación luminosa, algo más está pasando.

Esto no es solo una fiesta. Es un síntoma. México está gritando porque lleva demasiado tiempo conteniéndose.

Y no lo digo desde el desprecio. Al contrario. Lo digo desde el desasosiego de mirar con atención. Porque es demasiado fácil reducir estas escenas al entusiasmo deportivo, al exceso, al “fanatismo” o a la postal nacionalista de siempre. Esa lectura es cómoda, rápida y profundamente insuficiente. Sirve para llenar espacios en televisión, no para entender al país.

El país exhausto

También escucho el comentario de siempre, dicho con esa superioridad moral de quien mira la calle desde una ventana limpia: “¿Y esas personas no trabajan?”

La escuché en la calle. La leí entre comentarios. La sentí rondando como suelen rondar las frases clasistas: disfrazadas de sentido común, pero llenas de desprecio. Y me quedé pensando en eso, porque no es una pregunta inocente. La pregunta “¿esas personas no trabajan?” no habla de quienes estaban en la calle. Habla de quien pregunta.

Habla de una forma de mirar al país como si la dignidad dependiera de estar ocupado, facturando, produciendo o agotándose en silencio. Habla de esa moral empresarial que convirtió el descanso en sospecha, la fiesta en culpa y la precariedad en defecto personal. Como si la vida productiva fuera el único certificado válido de dignidad y México fuera ese país imaginario donde quien quiere trabajar trabaja, quien se esfuerza prospera y quien no avanza es porque no le echó suficientes ganas.

Porque en México se nos enseñó algo cruel: si no trabajas, algo hiciste mal; si trabajas demasiado, es virtud; si te explotan, agradece; si te cansas, aguanta; si no llegas, emprende; si protestas, estorbas; si celebras, también estorbas.

Qué país tan disciplinado para exigirle decencia al pueblo y tan generoso para perdonarle todo al poder.

Ese país imaginario no existe. Existe otro. El que yo veo todos los días.

El país de quienes buscan empleo y no lo encuentran. El de quienes viven en la informalidad, o están dados de alta con un salario y reciben otro por fuera. El de quienes firman renuncias en blanco, aceptan horarios imposibles, aguantan jefaturas violentas o descubren demasiado tarde que tener trabajo no significa tener protección.

Entonces sí, claro que algunas personas no estaban trabajando. Pues no. No todas. Porque el mercado laboral mexicano también produce multitudes disponibles, cansadas, ansiosas y suspendidas. Este país lleva años administrando la precariedad como si fuera destino y no consecuencia.

Pero incluso quienes sí trabajan, también salieron a gritar. Porque aquí trabajar, muchas veces, no significa vivir: significa resistir. Hay un agotamiento que no se ve en la nómina. Hay personas que cumplen, resisten, producen, sonríen en juntas, soportan humillaciones y luego regresan a casa con esa sensación aplastante de haber entregado el día completo a cambio de apenas seguir a flote.

México no está lleno de flojos. México está lleno de gente exhausta.

Y ese agotamiento también salió a la calle. Salió disfrazado de camiseta. Salió buscando una multitud donde perder, por unas horas, la sensación de estar cargando todo a solas. Entonces, cuando aparece un gol o una victoria, algo se abre.

Primero nos dijeron que no trabajábamos. Ahora, cuando esa acusación ya no alcanza, nos dicen que no entendemos. Que celebramos por ingenuidad, por evasión, por falta de conciencia. Es el mismo desprecio con otro disfraz: si no es la pereza, entonces es la estupidez colectiva. Pero tampoco es eso.

No creo que la gente haya salido porque no entiende el país. Creo que salió porque lo entiende demasiado bien. La gente sabe que el gol no baja la renta. Sabe que la victoria no mejora el salario. Sabe que ningún marcador devuelve a los desaparecidos, repara el transporte, limpia las instituciones o vuelve digno el trabajo. La gente no es ingenua. La gente no necesita que un opinador con complejo de faro moral le explique que el futbol no transforma la realidad.

Lo sabe.

Yo estuve en el primer festejo del Ángel.

Fui con amigos y, casi sin decirlo, terminé ocupando ese lugar que a veces me toca ocupar: el de quien va pendiente del grupo, del entorno, de los movimientos raros, de las salidas posibles. Supongo que ayuda ser alto, tener cara de pocos amigos y esa costumbre de vigilar mientras los demás pueden simplemente estar ahí.

No es algo que haría siempre. No soy de lanzarme a cada multitud como si la vida necesitara más empujones, sudor ajeno y decisiones logísticas dudosas. Pero esa vez sentí que tenía que estar ahí. No por fanatismo. No por impulso vacío. Sino porque había algo histórico ocurriendo y quería verlo con mis propios ojos.

Quería estar ahí no solo para celebrar, sino para entender.

Para mirar cómo se mueve un país cuando, por unas horas, deja de contenerse.

Y aunque estuve ahí esa primera noche, también tengo que decir desde dónde escribo el resto de este texto. No escribo desde el centro del desborde que vino después. No escribo con el pecho comprimido entre cuerpos ni con la desesperación de quien buscó una salida en Reforma. Escribo desde otro lugar: desde la observación, desde el oficio de mirar estructuras, desde años de escuchar historias donde el cansancio, la precariedad y la violencia dejan de ser conceptos y se vuelven personas.

Sería demasiado fácil hacer con la emoción popular una versión más sofisticada de lo mismo que critico: extraer sentido, belleza o argumento de un grito que otros pusieron con el cuerpo.

No quiero usar al pueblo como metáfora.

Y quizá por eso no puedo despreciar ese grito. Porque cuando la realidad no cambia, cualquier momento de comunión se vuelve botín. Cualquier alegría se defiende con el cuerpo. Cualquier pretexto para decir “ganamos” se vuelve una forma breve, intensa y casi desesperada de no sentirse derrotado todos los días.

Por unas horas, esa fiesta permite soltar. Soltar la rabia, el cansancio, la garganta y esa necesidad visceral de pertenecer a algo que no duela todo el tiempo.

La multitud y la tragedia

No fue espontáneo. O al menos no del todo.

Lo que vimos esa noche no apareció de la nada. Un país no se desborda así por accidente. Millones de cuerpos no salen a la calle en estado de euforia si antes no hubo algo acumulándose debajo.

El 30 de junio de 2026, México derrotó 2-0 a Ecuador en el Estadio Azteca. La Selección consiguió el pase a la siguiente ronda y, con ese resultado, se abrió algo más que una puerta deportiva. Se abrió una compuerta emocional.

El festejo fue por todo lo que ese triunfo permitió decir sin decirlo. En tiempos de aislamiento y violencia, una multitud funciona como prueba de vida: No estoy solo. No estamos solos. Todavía podemos gritar juntos.

En la Ciudad de México, las cifras empezaron a parecer una radiografía: de 120 mil personas en el primer partido, a más de 1.4 millones tomando el Ángel y Paseo de la Reforma tras la victoria contra Ecuador.

Eso no es crecimiento de afición. Eso es acumulación de presión.

Y no fue solo la Ciudad de México. En Guadalajara, La Minerva también fue tomada como altar cívico, mientras el Fan Fest quedó rebasado por la propia emoción que decía contener. Cuando más de 61 mil personas intentan entrar a un espacio diseñado para 17,500, el problema ya no es el entusiasmo: es la fantasía institucional de que la multitud puede administrarse como fila de supermercado.

El país no cupo en los espacios que le diseñaron. Esto puede leerse como negligencia logística, por supuesto, pero también como metáfora involuntaria: México no cabe en los moldes donde quieren administrarlo. No cabe en el “todo bajo control” que tanto les gusta repetir a las autoridades.

La gente se salió del margen. Y cuando una multitud se sale del margen, el poder se asusta y la ciudad revela sus grietas. Porque estos festejos muestran una contradicción punzante: la alegría popular es legítima, pero no es inocente. Tiene riesgo. La misma calle que libera también puede aplastar.

Porque en una multitud así, la tragedia no empieza como tragedia. Empieza con algo mínimo. Una mano que busca otra mano. Un cuerpo que ya no puede girar. Una voz que deja de cantar y empieza a pedir espacio. Alguien que intenta levantar el brazo para avisar que no puede respirar. Alguien que grita un nombre y no recibe respuesta. Alguien que todavía cree que está en una fiesta, hasta que entiende que la alegría también puede cerrarse alrededor del pecho.

La masa no aplasta de golpe. Primero deja de escuchar.

Y eso ocurrió.

En medio de la celebración, cuatro personas murieron en la Ciudad de México; tres de ellas por asfixia por compresión torácica en zonas cercanas al Ángel. Hubo heridos graves, cuerpos atrapados, personas tratando de respirar en una fiesta que se había vuelto demasiado densa. Hay algo profundamente doloroso en esa imagen: un país sale a buscar alegría y encuentra muerte en el asfalto.

Y aquí hay que detenerse. Porque no murieron “cuatro personas” como quien escribe un saldo al final de una jornada. Murieron cuatro vidas concretas. Cuatro cuerpos que salieron a celebrar y no volvieron a casa. Cuatro ausencias que no caben en la palabra incidente. Cuatro familias que no recibieron la mañana como resaca, sino como ruptura.

La estadística ordena. La muerte desordena.

Si este texto insiste en que la multitud no es masa, tampoco puede permitir que sus muertos queden reducidos a cifra.

No puede despacharse como “falta de cultura” para culpar al pueblo de lo que el Estado no supo prever. El Estado no puede celebrar la multitud cuando canta y abandonarla cuando se asfixia. No puede usar la imagen de un millón de personas como postal de unidad nacional y luego tratar los cuerpos aplastados como daño colateral de la emoción. No puede presumir paz cívica mientras improvisa rutas de salida.

Las autoridades responsables de protección civil tenían, partido tras partido, la cifra creciente de asistencia como advertencia disponible. No hacía falta un oráculo: hacía falta un protocolo de aforo, rutas de evacuación señalizadas y personal médico posicionado antes de que la plaza se llenara, no después de que empezara a faltar el aire. Esa omisión no puede esconderse detrás de una abstracción llamada "el Estado". Cuando la autoridad decide no nombrar a quién le tocaba prever, también está decidiendo que nadie responda. No puede invocar “cultura de cuidado” cuando lo que faltó fue infraestructura, previsión y responsabilidad pública.

La multitud no se administra con regaños. La densidad humana no se resuelve con buenos deseos. La protección civil no puede llegar después de la tragedia con cara de formulario.

Si el país ya había demostrado que la asistencia crecía partido tras partido, entonces el desborde no fue un accidente imposible de anticipar. Fue una advertencia ignorada.

Y las advertencias ignoradas no son destino: son decisiones.

La emoción colectiva también necesita infraestructura. Qué cosa tan poco romántica, pero tan urgente: hasta la esperanza requiere logística.

La fiesta fue real. La tragedia también. No hay que escoger una para negar la otra. México no solo celebró una victoria; México buscó un lugar donde reconocerse. Hay alegrías que no caben en lo privado; necesitan avenida, glorieta, una plaza donde confirmar que otros están sintiendo lo mismo. El Ángel no fue solo punto de reunión, fue altar. La Minerva no fue solo glorieta, fue templo cívico.

Los hombres y la coartada emocional

Hay otra escena imposible de ignorar en este altar: los hombres.

No los jugadores televisados, sino los que estaban abajo. Los que llenaron la calle, los que gritaron hasta quedarse sin voz, los que lloraron frente a desconocidos y se abrazaron con otros hombres sin pedir explicación. Los que por una noche pudieron quebrarse sin que nadie les cobrara la factura de la virilidad.

Hablo de los hombres porque es a ellos a quienes vi romperse en público esa noche. En muchos de ellos, esa ruptura mostró algo muy específico: la necesidad de una multitud entera y un marcador para autorizarse a sentir sin ser expulsados de la masculinidad.

Las mujeres también gritaron, lloraron y ocuparon Reforma, pero la calle no las recibió igual. No cargan el mismo mandato de no sentir, pero sí cargan otro peso que aquí solo puedo nombrar, no desarrollar: el de vigilar el propio cuerpo incluso en medio de la euforia, el riesgo y el acoso.

Dejo ambas asimetrías marcadas, no resueltas, para no fingir que no las vi.

En México, a los hombres se les educa para muchas cosas, menos para sentir con libertad. Se les enseña a aguantar, a no doblarse, a no decir “tengo miedo” ni “no puedo más”. La masculinidad mexicana ha sido, durante demasiado tiempo, una cárcel con himno propio que mutila, que arranca el lenguaje emocional y convierte la tristeza en enojo y el afecto en burla. Qué sistema tan eficiente: primero les prohíbe sentir y luego se sorprende cuando solo saben estallar.

Por eso el futbol opera como una zona de excepción. El futbol es uno de los pocos permisos sociales que México les concede a los hombres para romperse sin ser expulsados de la masculinidad. Les presta una coartada emocional. Con la camiseta verde como licencia, un hombre puede llorar sin que le digan débil. Puede abrazar sin que le exijan explicación.

No llora porque está triste; llora porque ganó México. No abraza porque necesita afecto; abraza porque cayó el gol. No se permite vulnerabilidad; se permite afición.

Qué absurdo, pero qué revelador: a veces un hombre necesita que ruede un balón para poder llorar sin vergüenza. Hay una ternura inesperada en la multitud masculina cuando deja de fingir que no necesita a nadie. Pero también hay una pregunta difícil: ¿Por qué tiene que ser el futbol el que les dé permiso? ¿Por qué un hombre puede abrazar a un desconocido en Reforma, pero no decirle a su amigo que se siente solo?

Ese fenómeno dice muchísimo. Lo que vimos fue una masculinidad en pausa. Una masculinidad que encontró en la camiseta verde un salvoconducto para pertenecer sin ser expulsada del club de los “hombres de verdad”. Y aunque el futbol también reproduzca machismo y violencias, por una noche, el país permite que sus hombres sean un poco menos piedra.

La pregunta queda abierta: ¿Qué pasaría si el abrazo no necesitara multitud? ¿Qué pasaría si el llanto no tuviera que esconderse detrás del marcador?

Esa coartada emocional, sin embargo, no queda fuera del mercado. Alguien aprendió a empacarla y venderla de vuelta. Porque incluso el permiso de llorar, en este país, viene con logo.

La economía del grito

Pero ninguna euforia nacional ocurre en el vacío.

Mientras el país grita, alguien factura. Mientras la gente se abraza, alguien mide audiencia. Mientras la calle se llena, alguien vende cerveza. Mientras la bandera ondea, alguien imprime camisetas. Mientras millones dicen “ganamos”, alguien convierte ese “nosotros” en campaña.

El Mundial no solo produce goles. Produce consumo, pauta, turismo, contenido y mercancía emocional. Produce narrativas listas para ser empacadas por marcas, gobiernos, televisoras y plataformas que descubren, una vez más, que no hay nada más rentable que un pueblo necesitado de sentirse vivo.

Qué coincidencia tan conveniente: cuando la alegría popular aparece, el mercado siempre llega con logo.

No se trata de negar el disfrute. La gente tiene derecho a celebrar, comprar una camiseta, tomar algo, reunirse, cantar, salir a la calle y convertir una noche en memoria.

El problema no es que la fiesta tenga objetos, símbolos o consumo. El problema es cuando la emoción del país se vuelve materia prima para una industria que gana con la euforia, pero no responde por sus consecuencias.

El pueblo pone la garganta. Las marcas ponen el logo. El Estado pone el discurso. Y cuando algo sale mal, el cuerpo lo pone la gente.

Porque la misma multitud que sirve para hablar de unidad nacional también sirve para vender una postal. La misma calle tomada por cuerpos cansados puede convertirse en imagen de campaña. El mismo grito que nace del agotamiento puede ser editado, musicalizado y usado para decirnos que somos un país feliz, unido, vibrante, ejemplar.

Pero no. No tan rápido.

Un país no se vuelve justo porque una cámara encuentre una bandera ondeando en cámara lenta. Un país no se vuelve digno porque una marca le ponga música épica a una multitud. Y un país no se vuelve unido porque millones griten lo mismo durante unas horas.

La unidad emocional no equivale a justicia social.

Y esa diferencia importa. Porque después de cada celebración masiva aparece la tentación de convertir el desborde en propaganda: decir que México está unido, que México está en paz, que México demostró su grandeza. Pero esa narrativa se vuelve obscena cuando deja fuera los cuerpos: los aplastados, los heridos, los cansados, los endeudados, los desempleados. Los cuerpos que al día siguiente regresan al mismo país que no cambió.

La emoción nacional no puede ser usada como cortina limpia para tapar una pared llena de grietas.

La fiesta no es ignorancia. La gente no es una masa tonta hipnotizada por un balón. El problema no es que la gente celebre; el problema es que esa celebración sea tan fácilmente capturada por quienes no han sabido darle al país razones más profundas para vivir con dignidad.

La industria vende pertenencia porque la vida cotidiana produce aislamiento. La marca vende orgullo porque la política produce desencanto. El espectáculo vende comunidad porque el modelo económico produce soledad. El Mundial vende emoción porque el país administra cansancio.

Y entonces el grito nacional se vuelve una reserva afectiva explotable. La gente produce la emoción. Otros la refinan, la distribuyen y la monetizan. No hay metáfora más clara de este país: el pueblo genera la energía y otros cobran la luz.

Por eso la pregunta no es si la fiesta fue auténtica. Lo fue. La alegría fue real. El abrazo fue real. El llanto fue real. La necesidad de pertenecer fue real. La pregunta es quién se beneficia de esa autenticidad: quién la administra, quién la patrocina, quién la usa para decir que todo está bien y quién se lava las manos cuando la misma emoción que vendió como postal termina convertida en tragedia.

Celebrar con el pueblo no es lo mismo que usar al pueblo como escenografía. Acompañar la alegría no es lo mismo que exprimirla. Reconocer la emoción colectiva no es lo mismo que convertirla en mercancía.

Si no aprendemos a distinguirlo, cada victoria será un anuncio y cada herida una nota al pie.

La euforia mundialista nos mostró un país hambriento de comunidad. El mercado vio consumidores. El Estado vio legitimidad. Las marcas vieron alcance. Pero debajo de todo eso había personas. Personas concretas. Personas con nombre, cuerpo, historia, cansancio, miedo, deseo y necesidad.

Y esa es la parte que no debemos permitir que se pierda. Porque cuando la emoción popular se vuelve mercancía, la primera víctima suele ser la verdad de quienes la hicieron posible.

Cuando se apaga el grito

Después viene la mañana.

La ciudad amanece con basura, vallas, botellas, patrullas, videos virales, voces rotas y una pregunta que nadie quiere contestar del todo: ¿qué queda de un país cuando se le pasa la euforia?

Porque la euforia termina. Termina cuando la camiseta verde se va a la lavadora, cuando el claxon se queda sin batería, cuando Reforma vuelve a ser Reforma y la calle vuelve a pertenecer al tráfico, al miedo y a la rutina.

Ahí empieza la verdadera resaca: la emocional. La de un país que por unas horas pudo sentirse unido y luego tiene que volver a su fragmentación habitual. Cuando una sociedad vive con poca alegría disponible, cada momento de euforia se vuelve más intenso, pero también más doloroso cuando termina. Es como abrir una ventana en una habitación cerrada durante años: entra aire, pero también confirma cuánto tiempo llevábamos respirando mal.

Volverá la pregunta por el trabajo. Volverá la precariedad. Volverá la inseguridad. Y entonces habrá que mirar con honestidad qué hizo realmente la euforia. Porque la euforia no resuelve, pero revela. Revela qué tan hambriento estaba el país de una emoción compartida y cuánto necesitamos un "nosotros".

Si esta celebración fue un síntoma, no basta con mirarla mientras brilla. Hay que mirarla también cuando se apaga. Ese es el riesgo más grande: que recordemos la postal y no la asfixia. Que recordemos el grito y no la pregunta.

Queda un país que descubrió que puede reunirse. Queda una energía colectiva inmensa que casi siempre se queda sin cauce, se agota y se olvida. Ese es el ciclo que deberíamos romper.

Lo que debería suceder después es una conversación seria. México necesita alegría, sí, pero también justicia. Necesita comunidad, pero no solo durante noventa minutos. Necesita calle, pero no una calle que se vuelva trampa.

El problema no es que México haya gritado. El problema es que haya tenido que gritar así para sentirse vivo. Porque un país que solo descansa cuando gana, que solo abraza cuando hay gol y que solo toma la calle cuando la alegría viene autorizada por una pantalla, no está celebrando su plenitud. Está revelando su hambre.

Hambre de comunidad. Hambre de justicia. Hambre de descanso. Hambre de seguridad. Hambre de futuro. Hambre de una vida que no tenga que esperar al siguiente partido para sentirse compartida.

México está gritando porque lleva demasiado tiempo conteniéndose. Y si de verdad queremos escuchar ese grito, no basta con aplaudirlo cuando canta ni con condenarlo cuando se desborda. Hay que preguntarnos qué país produce una alegría tan intensa, tan hermosa, tan frágil y tan desesperada. Hay que preguntarnos por qué la calle solo parece pertenecerle al pueblo cuando hay euforia. Hay que preguntarnos por qué millones necesitan una victoria ajena para sentir, aunque sea por una noche, que algo también les fue devuelto.

El futbol no explica todo México.

Pero esta vez lo reveló.

Reveló un país cansado de sobrevivir en silencio. Una multitud buscando comunidad en medio del desgaste. Hombres que solo pueden llorar cuando la patria les presta una coartada. Marcas listas para monetizar hasta la garganta. Un Estado que sabe contar asistentes, pero no siempre sabe cuidar cuerpos.

Reveló una alegría real, sí.

Pero también una herida profunda.

Por eso no me interesa burlarme de la fiesta. Me interesa entenderla.

Porque quizá en ese grito estaba una de las confesiones más honestas que México ha hecho en mucho tiempo:

Estamos cansados, pero seguimos aquí.

Y si un país entero grita “aquí seguimos”, la respuesta no puede ser pedirle que baje la voz.

La respuesta debe ser construir un país donde nadie tenga que romperse la garganta para demostrar que todavía está vivo.

Nota: Las cifras de asistencia, aforo, fallecimientos y lesiones referidas en este texto provienen de reportes periodísticos y comunicados públicos posteriores a los festejos.


Fuente original: LinkedIn.

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Leopoldo R. Jacome
Fundador y Litigante Estratégico
Fundador y autor de Artículo 0 Media. Litigante estratégico y defensor de derechos humanos. Su trabajo editorial se concentra en justicia, poder, relaciones laborales, derechos humanos y violencias estructurales.
ORCID: 0009-0008-8422-921X Artículo 0 Media / Litigio Estratégico