Por Leopoldo R. Jacome
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El algoritmo no se equivocó
A veces el algoritmo no entretiene. A veces levanta una baldosa.
El 10 de marzo de 2026, TikTok dejó a la vista algo que, visto con calma, ya venía oliendo mal desde antes. No fue una frase suelta ni una travesura de contenido. Fue otra cosa. Una pequeña fuga de verdad. Un instante en que el maquillaje del bienestar corporativo no alcanzó a cubrir el sótano.
Según el material que empezó a circular y las reacciones que detonó, lo que apareció en pantalla no sonó a liderazgo, ni a cultura organizacional, ni a felicidad laboral. Sonó a desgaste. A cálculo. A esa pedagogía patronal, vieja como el miedo, que no siempre despide de frente sino que primero desgasta, aísla, reduce, enfría el aire, altera el lugar de una persona dentro del equipo y después mira su derrumbe como si fuera consecuencia natural de su propia fragilidad.
Eso fue lo que muchas personas reconocieron de inmediato. No una idea brillante. No una provocación inteligente. Un método.
Y quizá por eso el golpe fue tan rápido. Porque el video no inventó una violencia nueva. Lo insoportable fue que hablara con demasiada familiaridad de algo que demasiada gente ya conoce por dentro: el arte miserable de volver inhabitable el trabajo para que la persona se vaya sola y el poder conserve las manos limpias.
Un día después,
Alma P.
decidió alzar la voz públicamente. No para “sumarse al chisme”. No para jugar al escándalo de temporada. Lo que hizo fue señalar algo más escandaloso… sí, aquí la palabra sí sirve porque toca hueso: que debajo del lenguaje de bienestar, liderazgo y empresa feliz puede esconderse una forma muy reconocible de crueldad administrativa. Una crueldad con sonrisa, con branding, con fondo de conferencia y tono de speaker.
Eso cambió la escala del asunto.
Porque entonces dejó de parecer un tropiezo individual y empezó a verse como lo que probablemente era desde el inicio: la salida accidental de un criterio. La revelación de una manera de pensar. El momento exacto en que una voz que se presenta como referente de felicidad laboral dejó ver, aunque fuera por un minuto, que entiende demasiado bien los resortes del castigo.
Y cuando eso ocurre, el problema ya no es el video.
El problema es todo lo que el video alcanzó a delatar.
El “experimento social” y otras formas de llamarle al humo
Cuando llegó la reacción, no llegó la rectificación.
Llegó algo más revelador.
La palabra elegida fue “experimento”. Después vino “experimento social”. Luego la promesa de compartir resultados, como si el problema no hubiera sido haber dicho una barbaridad en público, sino que el público hubiera reaccionado demasiado pronto para dejar terminar la función. Es una salida vieja, casi artesanal. Primero se lanza el mensaje. Luego, si la respuesta sale mal, se le cambia el nombre al mensaje. Ya no era una recomendación. Ya no era una convicción. Ya no era una forma de pensar. Ahora era un ejercicio. Una actuación. Una prueba. Un espejo para exhibir a los demás. Qué práctico resulta volver laboratorio todo aquello que salió mal.
Pero un experimento, incluso uno social, no es un disfraz que una persona se pone encima cuando el repudio ya está encima de la mesa. Un experimento supone método, límites, propósito claro, consentimiento cuando toca, cuidado del daño, una mínima honestidad sobre aquello que se está haciendo. Lo demás no es investigación. Es improvisación con pretensiones. Y cuando además se intenta incorporar a otras personas a ese supuesto ejercicio sin haberlas informado antes, sin haberles pedido permiso y sin explicarles qué papel ocupaban en la obra, la palabra “experimento” empieza a sonar menos a ciencia y más a coartada.
Eso fue lo que volvió tan torpe el control de daños. No aclaró. Confirmó.
Porque si de verdad todo era una puesta en escena, entonces la pregunta no desaparece. Se vuelve peor. ¿Qué clase de referente en bienestar decide que la mejor forma de “probar un punto” es representar con tanta soltura el lenguaje del desgaste, de la humillación y del castigo laboral? Hay actuaciones que delatan más que una confesión. Nadie improvisa con tanta naturalidad un vocabulario si no lo tiene ya bien acomodado en la cabeza.
Después llegaron los mensajes, los intentos de reconducir la conversación, las invitaciones a participar en entrevistas sobre violencia en redes, sólo audio, sin imagen, como si el eje del asunto ya no fuera el contenido de lo dicho sino el maltrato recibido por haberlo dicho. Ahí se terminó de dibujar la maniobra. La atención tenía que moverse. Ya no se hablaría del video. Ahora se hablaría de la reacción al video. Ya no importaría el fondo. Importaría el tono de quienes se indignaron. El viejo truco del prestidigitador moral. Mientras una mano agita la palabra “odio”, la otra esconde la frase que encendió el cuarto.
Alma Paz hizo algo muy simple y por eso mismo devastador. Se negó a aceptar la trampa semántica. Recordó que hasta para los experimentos hay reglas. Y esa frase, por sobria, le partió el teatro en dos. Porque sí, hasta para jugar a la provocación hay bordes. Hasta para la polémica hay responsabilidad. Hasta para fingir que todo era un ejercicio hay un momento en que la máscara se cae y abajo no aparece una investigadora social. Aparece alguien que calculó mal la distancia entre el micrófono y sus propios reflejos.
Lo grave no fue sólo el intento de salvarse con una palabra elegante. Lo grave fue la certeza con la que esa palabra fue usada, como si bastara con nombrar “experimento” para que la manipulación dejara de oler a manipulación. Como si el lenguaje pudiera absolver por sí solo. Como si el daño se volviera pedagógico con sólo envolverlo en terminología de panel.
No funcionó.
Porque a esas alturas ya no estábamos viendo una explicación. Estábamos viendo una fuga desesperada. El momento exacto en que una figura pública quiso reemplazar la responsabilidad por un concepto rimbombante, con la esperanza de que el prestigio de la palabra tapara la miseria del fondo.
Y a veces el lenguaje sí alcanza para esconder cosas.
Pero no cuando el humo ya salió por debajo de la puerta.
No era una excepción. Era una especie
Sería cómodo pensar que todo esto se reduce a una sola persona que calculó mal una provocación. Sería limpio, incluso elegante. Pero sería mentira.
Porque Nancy N no aparece en el vacío. Aparece dentro de una industria que lleva años perfeccionando el mismo truco: vender autoridad antes de demostrarla, vender bienestar antes de practicarlo, vender liderazgo antes de entender siquiera el peso ético de esa palabra. Su plataforma, "Empresas Felices TV", no se ofrece como un espacio marginal o amateur. Se presenta como escaparate para que gerentes, empresarios y directivos “hagan brillar su negocio”, comuniquen beneficios de trabajar en su empresa y obtengan ahorros en rotación, reclutamiento, retención, salario emocional, engagement y mercadotecnia. El problema no es que exista una oferta así. El problema es lo que queda al descubierto cuando detrás del decorado aparece una pedagogía de castigo.
Y ahí conviene frenar un segundo. Porque esto no va de odiar la autoayuda, ni de burlarse por deporte del lenguaje de bienestar, ni de actuar como si toda conversación sobre clima laboral fuera humo. El punto es otro, mucho más serio. Hay un mercado entero que aprendió a envolver relaciones de poder en palabras suaves para volverlas vendibles. Ya no se habla de control. Se habla de cultura. Ya no se habla de obediencia. Se habla de engagement. Ya no se habla de aguantar lo intolerable. Se habla de resiliencia. Y cuando esa traducción se vuelve negocio, el abuso deja de presentarse como abuso. Entra mejor peinado, con fondo blanco, tipografía amable y una promesa de transformación.
Las Poquianchis de LinkedIn sigue pegando. Porque no describía un accidente, sino un patrón. Esa fauna de panel, ranking y frase aspiracional que se aplaude entre sí mientras confunde visibilidad con peso intelectual. Gente que domina a la perfección la liturgia del prestigio digital. No hace falta que sepan demasiado. Les basta con sonar como si supieran. Y en un ecosistema hambriento de soluciones rápidas, eso ya casi cotiza como ciencia.
Nancy N encaja ahí con precisión. No sólo por lo que dijo o por cómo intentó corregirlo después. También por el modo en que su marca ha sido presentada públicamente: speaker TEDx, escritora, coach en felicidad laboral y liderazgo positivo, conductora de un programa que promete employer branding con “sentido humano y positivo”. Todo eso arma una figura. Un personaje con legitimidad prefabricada. Y cuando ese personaje deja escapar una lógica de desgaste patronal, no estamos viendo una contradicción menor. Estamos viendo lo que pasa cuando el empaque de bienestar se abre y adentro no hay ética, sino gerencia con aromatizante.
Eso es lo que vuelve pequeño cualquier intento de leer este episodio como “polémica de redes”. No es una pelea entre sensibilidades. Es un choque entre dos cosas mucho más concretas. De un lado, la dignidad de las personas trabajadoras y el marco legal que impide tratar el empleo como laboratorio de humillación. Del otro, un ecosistema que convirtió el consejo en mercancía y la mercancía en autoridad. PROFEDET recuerda que la rescisión exige cauces legales y aviso por escrito; no existe una vía legítima que consista en volver inhabitable el trabajo hasta que alguien se rinda.
Y por eso también vale la pena decirlo sin humo: cada día aparecen más figuras así. Vendehumo con diploma decorativo, micrófono prestado y una confianza casi religiosa en que el algoritmo sustituye a la ética. No importa demasiado de dónde vienen. El problema no es si su formación original fue en kinder, en informática o en cualquier otro terreno. El problema empieza cuando se sienten con derecho de cobrar por dictarle a otras personas qué soportar, cómo trabajar, cómo obedecer y hasta de qué forma deben quebrarse sin arruinar el branding de nadie.
La grieta de las credenciales
Hay momentos en que una pieza deja de tratar sobre opiniones y empieza a tratar sobre autoridad. Éste es uno de ellos.
Porque una cosa es vender un discurso de bienestar. Otra, bastante más delicada, es venderlo desde una investidura técnica que no termina de asentarse igual en todas partes. En la página de TEDxPaseoUsumacintaAve, Nancy N aparece descrita como “licenciada en psicología”. En cambio, la ficha pública de COFIDE la presenta con Licenciatura en Informática Administrativa por la UERRE y una Maestría en Liderazgo Positivo por Tecmilenio (sin cedula registrada). Y a eso se suma la cédula para este expediente, donde vuelve a aparecer la informática. La grieta no está en estudiar informática. La grieta está en el corrimiento. En esa facilidad con la que la biografía pública parece acomodarse según el foro.
Conviene decirlo con limpieza porque aquí no sirve el berrido. El problema no es la profesión de origen. Nadie está diciendo que una licenciatura en informática invalide a una persona para hablar del trabajo, del mundo empresarial o de liderazgo. Eso sería una simpleza. El problema aparece cuando una figura que monetiza consejos sobre bienestar, manipulación, clima laboral y psicología positiva necesita apoyarse en una credencial que, al menos en las fuentes públicas consultadas, no termina de sostenerse de la misma forma en todos lados. Y cuando eso ocurre, ya no hablamos sólo de branding personal. Hablamos de legitimidad.
Porque la autoridad en estos mercados no funciona como detalle decorativo. Es el producto. La gente no compra únicamente una charla, una frase o una entrevista. Compra la sensación de que quien tiene el micrófono sabe de qué está hablando, desde dónde lo sabe y por qué tendría derecho a decirle a otras personas cómo manejar el dolor, el conflicto, la dignidad o la permanencia en el trabajo. Si la base de esa autoridad se vuelve movediza, todo lo demás deja de parecer sólido y empieza a parecer utilería bien iluminada. Eso se vuelve todavía más sensible cuando la propia marca se promociona como plataforma de “felicidad laboral”, liderazgo positivo y employer branding con promesas de impacto directo en reclutamiento, retención y cultura.
Y aquí aparece algo más profundo. No estamos sólo ante una contradicción curricular. Estamos ante una costumbre de época. La de inflar experticia, suavizar huecos, vestir intuiciones con lenguaje técnico y confiar en que el escenario hará el resto. Tu cédula, en este caso, no sirve para humillar. Sirve para ordenar la escena. Para separar lo que es trayectoria real de lo que parece aura rentada. Y cuando se hace esa separación, el personaje ya no se ve igual. Se ve más nítido. También más frágil.
Porque hay una diferencia entre aprender, evolucionar, ampliar campos y construir una voz propia, eso es legítimo, y otra muy distinta es deslizarse hacia una autoridad simbólica que toma prestado el prestigio de disciplinas ajenas para vender consejo con un barniz más serio del que realmente tiene.
Ahí, justamente ahí, la historia deja de ser anécdota y empieza a oler a época. A esa época miserable en la que no basta con saber un poco: hay que parecer gurú. Hay que parecer referente. Hay que parecer especialista aunque la biografía pública necesite maquillaje para lograrlo.
Y cuando el maquillaje se corre, no cae sólo una palabra en un perfil.
Cae el andamio entero.
Las Poquianchis de LinkedIn no eran una metáfora. Eran un aviso
Hace tiempo lo escribí con otro nombre y quizá con más pruebas, pero con el mismo olor en la nariz. Las Poquianchis de LinkedIn no era un capricho verbal ni una ocurrencia cruel para bautizar una fauna ridícula. Era una advertencia. Un intento de nombrar una economía moral bastante precisa: gente que no construye autoridad desde el rigor, sino desde la circulación; que no llega al micrófono por la consistencia de su pensamiento, sino por la velocidad con la que aprende a replicar gestos de prestigio.
Eso era. Y sigue siendo.
Un ecosistema de validación cruzada. Una coreografía de panel, foto, diploma, reconocimiento, charla, podcast, ranking, felicitación mutua, comentario inflado y aplauso de pasillo digital. Una máquina de fabricar referencias sin necesidad de producir profundidad. Primero se prestan el foro. Luego se prestan la legitimidad. Después se prestan el lenguaje. Al final, ya nadie sabe muy bien quién sabe qué, pero todo el mundo sonríe como si la autoridad estuviera fuera de discusión.
Nancy N no cayó de otro planeta. Salió de ahí. De esa atmósfera donde basta hablar con suficiente seguridad sobre bienestar, liderazgo, cultura y felicidad para que muy pocas personas se atrevan a preguntar lo básico: desde dónde hablas, qué sabes realmente, a quién beneficia tu discurso y qué daño produce cuando se aplica fuera del escenario.
Ese fue siempre el núcleo de Las Poquianchis de LinkedIn. No la burla. La estructura.
Porque el problema nunca fue sólo que ciertas figuras resultaran vacías. El problema fue que esa vaciedad se volvió funcional para el mercado. Una persona rigurosa suele incomodar, matiza, distingue, advierte límites, se niega a vender certezas baratas. En cambio, una figura de humo es más rentable: habla sin más, simplifica el dolor ajeno, convierte conflictos complejos en cápsulas digeribles y traduce relaciones de poder en consejos aspiracionales. Es más fácil vender una sonrisa con micrófono que una conciencia con escrúpulos.
Por eso este caso importa tanto. Porque confirma que no estábamos frente a casos aislados, sino frente a un circuito entero de fabricación de autoridad emocional. Un circuito donde personas con ética porosa y experticia elástica terminan diciéndole a otras cómo vivir el trabajo, cómo soportar la violencia, cómo administrar el agotamiento y hasta cómo interpretar su propio sufrimiento. Todo con una desenvoltura que daría ternura si no hiciera daño.
Y ahí está la obscenidad real del asunto. No sólo que existan. No sólo que cobren. No sólo que se autonomombren líderes con una facilidad que ya parece patología. Lo obsceno es que ese ecosistema haya logrado colocarse como pedagogo del mundo laboral. Que tantas personas hayan aceptado recibir lecciones de dignidad de quienes apenas entienden el valor ornamental de la palabra. Que la escena profesional haya permitido que la pose suplante al criterio y que el branding reemplace al pensamiento.
Eso fue lo que Las Poquianchis de LinkedIn intentó señalar antes de que este episodio lo confirmara con nombres, capturas y control de daños. Había una fauna entera viviendo de su propio reflejo. Una especie que confundió exposición con legitimidad y terminó creyendo que un escenario era lo mismo que una conciencia.
Ahora ya no parece metáfora.
Ahora parece expediente.
Y cuando una metáfora empieza a llenarse de nombres propios, de capturas, de contradicciones y de discursos que se caen solos, deja de ser literatura. Se vuelve prueba de época.
Cuando la “broma” empieza a rozar el Código Penal
Durante horas intentaron imponer una coartada con maquillaje académico. Que era un experimento social. Que no era en serio. Que era actuación. Que todo había sido una forma de probar un punto. Sí, claro. Y el humo, según ellos, venía con metodología.
El problema es que el derecho penal no suele emocionarse con ese tipo de disfraces. En el Código Penal Federal, el artículo 208 sanciona a quien provoque públicamente a cometer un delito o haga la apología de éste o de algún vicio. Si el delito no se ejecuta, la consecuencia prevista es de diez a ciento ochenta jornadas de trabajo en favor de la comunidad; si sí se ejecuta, al provocador puede aplicársele la sanción correspondiente por su participación. No es una figura inventada para espantar a nadie. Está ahí, escrita, vigente, sobria, esperando precisamente estos momentos en los que alguien cree que puede legitimar públicamente una conducta ilícita y luego retirarse del lugar diciendo que era performance.
Ahora bien. Conviene ser finos. No toda barbaridad dicha en redes actualiza automáticamente el delito de apología del delito. Para cruzar ese umbral habría que analizar con cuidado el mensaje concreto, el contexto, la forma en que fue emitido, su alcance, su finalidad y si realmente operó como incitación, exaltación o justificación pública de una conducta delictiva. Eso le corresponde, en su caso, a la autoridad ministerial y después al juez. Un artículo no sentencia. Un artículo observa, conecta y nombra el riesgo.
Pero tampoco todo se lava con la palabra “broma”.
Porque la Constitución, en su artículo 6, protege la manifestación de las ideas, sí, pero pone límites claros cuando esa manifestación provoca algún delito. Y el artículo 7 protege la libertad de difundir opiniones, información e ideas por cualquier medio, aunque aclara que esa libertad no rebasa los límites previstos en el propio artículo 6. Traducido del constitucional al idioma de la calle, la libertad de expresión no es un pase VIP para enseñar, justificar o romantizar conductas ilícitas y luego escudarse en que todo era un ejercicio de estilo.
Ahí está la frontera que tanta gente finge no ver.
No es lo mismo denunciar una práctica ilegal que explicarla con entusiasmo operativo. No es lo mismo criticar una lista negra laboral que presentarla como herramienta útil. No es lo mismo describir la manipulación patronal para exhibirla que normalizarla como receta inteligente. No es lo mismo documentar la violencia laboral que volverla tutorial con ring light.
Ése es el punto. Y por eso la defensa del “experimento social” suena tan endeble. Porque aunque no borra el tipo penal por arte de magia, tampoco borra algo anterior y quizá más revelador: el contenido ya fue dicho. La lógica ya fue expuesta. El reflejo ya salió del cuerpo. Cambiarle el nombre después no desinfecta el mensaje. Apenas confirma que había conciencia del incendio.
Lo inquietante es otra cosa. Que haya quienes todavía crean que la provocación pública de una posible conducta ilícita puede reciclarse como pedagogía. Que haya quienes piensen que, si un consejo sobre desgaste, manipulación o discriminación genera repudio, basta con elevar la ceja y llamarlo laboratorio social. Como si la crueldad se volviera inteligente con sólo envolverla en terminología de panel.
No.
Hay bromas que revelan criterio. Hay actuaciones que revelan costumbre. Y hay mensajes que, aunque luego quieran maquillarse de ironía, ya rozaron una zona donde el derecho penal deja de sonreír.
Por eso este capítulo importa. No para jugar al fiscal desde una columna. No para convertir la indignación en tipificación automática. Importa porque recuerda algo básico, algo que este ecosistema parece olvidar con demasiada frecuencia: no toda puesta en escena es inocua, y no todo consejo se salva porque alguien decida, horas después, rebautizarlo como experimento.
A veces el problema no es que se les entienda mal.
A veces el problema es que se les entendió perfecto.
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